Capítulo 01. Cinco años.

Ashley y Spencer. Spencer y Ashley. Había sido así desde el principio. No recordaba un tiempo en que Ashley no hubiera estado presente en su vida. Su mejor amiga. Lo sabían todo la una de la otra. Todo, en serio.

Sabía cual había sido su serie de dibujos favorita, porque la habían visto juntas en casa de una o de otra mientras se tomaban la merienda que les habían preparado sus madres.
Sabía cuando a Ashley se le había caído el primer diente porque ella estaba allí para burlarse de la pequeña morena hasta hacerla llorar, no estaba orgullosa pero los niños pueden ser muy crueles a veces, de todas formas a la semana siguiente uno de sus propios dientes decidió abandonar sus encías y ya la cosa dejó de tener gracia. A favor de Ashley había que decir que nunca se burló del nuevo espacio en su dentadura.
Sabía cuando le habían dado su primer beso a Ashley porque ella estaba allí para derribar al niño en cuestión de un empujón tan fuerte que lo dejó llorando en el suelo.
Había estado allí cuando se murió su perro Skippy y Ashley lloró durante días enteros y la morena había estado con ella cuando se murió su abuelo y fue su turno para llorar.
Había estado allí cuando el perro de los vecinos de Ashley persiguió al cartero y le mordió en el culo y las dos se habían reído durante horas. Podían pasarse horas riéndose juntas porque la risa de Ashley era muy contagiosa y hacía que ella se riera también y Ashley decía lo mismo de su risa de modo que podían estar riendo sin parar hasta que les dolía la tripa solo porque la otra lo hacía.
A los diez años planeaban casarse el mismo día, en el mismo sitio y dar el banquete juntas. Una boda doble.
A los catorce supieron que se casarían el mismo día, en el mismo sitio y que darían el banquete juntas pero ya no iba a ser una boda doble.
En las contadas ocasiones en las que no estaban juntas la gente le preguntaba “¿Dónde está Ashley?”, como si fuera lo más extraño del mundo ver a la una sin la otra. A Ashley le pasaba lo mismo, la gente le preguntaba “¿Dónde está Spencer?”. Y era raro, era raro estar sin Ashley. Lo más extraño del mundo
No recordaba un tiempo en que Ashley no estuviera presente en su vida, pero recordaba el primer día que la había visto. La gente decía que era imposible que recordara con tanto detalle algo que había sucedido cuando ella tenía apenas cinco años, pero no era imposible, se acordaba con una claridad absoluta.

Ashley y Spencer a los cinco años.

Spencer paseó su vista por la clase de segundo de infantil. Conocía a la mayoría de sus compañeros del año anterior, la mayoría habían ido juntos a la guardería. En aquella pequeña ciudad de Ohio no había muchas guarderías de modo que no era extraño. Para el ojo inexperto la pequeña Spencer solamente dibujaba en un folio con las pinturas de colores. En realidad se encontraba sopesando a quien le robaría el almuerzo aquel día. Su mamá le había vuelto a dar una manzana. ¡Una manzana! ¿Eso era comida? ¿En serio mamá?
Localizó a Nathan en una esquina tratando de construir con los Legos la torre más alta que hubiera visto aquella clase de infantil. Ummm…la mamá de Nathan le solía preparar unos sándwiches riquísimos…pero ya le había quitado su almuerzo el día anterior y tampoco quería que el pobre niño se quedara raquítico por culpa suya. ¡Era tan bondadosa!
Pasó su vista a Ronda que jugaba con un enorme bloque de plastilina multicolor. Ronda, Ronda…¿cuántas veces te ha dicho la señorita que no se mezclan los colores de la plastilina? Spencer sacudió la cabeza dando a su compañera por imposible, iba a pasarse otro recreo mirando la pared. Aquella niña no aprendía jamás. Una vez la propia Spencer había mezclado la plastilina y luego le había echado la culpa a Ronda y como Ronda lo hacía siempre la señorita le había creído y la pobre se había quedado sin salir al patio. Ummm…la mamá de Ronda solía prepararle un surtido delicioso de galletitas saladas. Se relamió solo de pensar en las galletitas saladas de Ronda. Era una posibilidad.
Junto a Ronda y también jugando con la plastilina se encontraba Jeffrey, los bollitos rellenos de crema de Jeffrey eran un manjar y…
La voz de la señorita le sacó de sus pensamientos de matona roba almuerzos. Levantó la vista solo para ver como una señora desconocida para ella entraba a la clase sujetando la mano de una niña morena que caminaba timidamente a su lado. La pequeña escondió su cara en la pierna de su madre en cuanto la voz de la señorita atrajo todas las miradas de los niños sobre ellas. Uh…otra sosita pusilánime a la que robar el almuerzo. Genial.
La señorita la presentó como Ashley Davies y todos los niños repitieron a coro “Hola Ashley” tal y como les habían enseñado a recibir a las nuevas incorporaciones. La tal Ashley se puso un poco roja antes de contestar con un tímido gesto de la mano. Un poco de charla entre la maestra y la señora Davies y la mujer se agachó delante de la pequeña para despedirse antes de abandonar la clase. ¡Madre mía que drama! Ashley se aferraba a su cuello como si la vida le fuera en ello. ¡Vamos niña! Es solo una clase de infantil y quiero saber que has traído de almuerzo.
Por fin la señora Davies se marchó y Ashley le dio la mano a la señorita paseando su mirada nerviosa por la clase. Se dejó llevar hasta el lugar donde Ronda y Jeffrey jugaban con la plastilina. ¡Ay Ronda! Se te ha caído el pelo maja…Spencer sonrió cuando la señorita comenzó a regañar a la niña porque “la plastilina no se mezcla”. Claro que no. Aún así no la castiga sin recreo…¡¿Por que no?! Que injusta es la vida…
Vio a la tal Ashley sentarse junto a Ronda y Jeffrey dispuesta a jugar un poco con la plastilina. La morena dijo algo que Spencer no logró escuchar por la distancia que les separaba pero nada más abrir la boca Ronda y Jeffrey se habían echado a reír señalando a Ashley con el dedo y burlándose de ella por alguna razón desconocida. Después se habían levantado a toda velocidad dejando a la nueva sola y mirando la plastilina. Oh, oh…iba a llorar seguro.
Ya se sabe como son las clases de infantil, allí las noticias corren como la pólvora, y en cuestión de segundos todos miraban a Ashley de reojo y soltaban risitas diciéndose cosas al oído. Spencer miraba a los niños crueles y a Ashley. A Ashley y a los niños crueles. ¿De que podían reirse? No podían llamarla cuatro ojos porque no llevaba gafas. No podían estar burlándose de su aspecto físico, era una niña muy mona. Ummm…un misterio. Hasta que Ralph, el “corre ve y dile” más eficaz a aquel lado de la escuela llegó hasta donde ella se encontraba “pintando” y se lo dijo riéndose entre dientes. “La nueva habla raro”.
¿La nueva habla raro? Igual que había llegado Ralph se desvaneció en busca de otros compañeros que aún no se hubiesen enterado de que la nueva hablaba raro.
Ajá…tal y como sospechaba, Ashley estaba llorando aún sentada junto a la plastilina. Spencer jamás había visto lagrimones de ese tamaño salir de los ojos de nadie y eso que ella había hecho llorar a casi todos los niños de aquella clase. Cambió el color de la pintura que sostenía entre los dedos. Resultaría sospechoso que llevara más de un cuarto de hora con la roja en la mano. Eligió la verde mientras sus ojos seguían observando a “la nueva que hablaba raro”.
Por fin la señorita se dio cuenta del drama que se estaba viviendo en su aula y acudió al lado de Ashley, aquella morena necesitaba ingerir algo de líquido o acabaría deshidratándose. Ella y la señorita hablaron por un rato. La señorita no se reía de la forma en que hablaba…o bien no hablaba tan raro o su profesora sabía aguantarse la risa como una profesional. Una de dos.
Bueno, al menos Ashley ya no lloraba. Solo se sorbía la nariz y le había dado un poco el hipo del disgusto que llevaba encima. A Spencer le gustaría decir que le daba pena pero si tenía que ser sincera consigo misma aún seguía preguntándose que le había preparado su mamá de almuerzo. Lo descubriría más adelante, en la hora del recreo.
Uh…la señorita estaba dando palmas para captar la atención de todos los allí presentes. Veinte pares de ojos se posaron en la profesora y en “la nueva que hablaba raro”. Las dos estaban subidas a la tarima de la clase y Ashley parecía ir a echarse a llorar de nuevo porque algunos de sus compañeros seguían riéndose y señalándola.
– ¡No quiero oír ni una risita más!- exigió la maestra en un tono que hizo que la clase se quedara en completo silencio. Solo podía oírse el hipo de la nueva- Ashley no habla raro…-comenzó a explicar.
– ¡Si habla raro! ¡Parece que tiene la lengua de trapo!- señaló Ronda ganando la risa de casi todos sus compañeros.
– ¡No es verdad!- exclamó de repente Ashley-¡Soy de Londres tonta!
Wow…era cierto que hablaba raro. Spencer no pudo evitar soltar una risita ante aquel acento tan extraño. Pero enseguida se quedó seria de nuevo. ¿Qué pondrían las madres de Londres para almuerzo a sus hijos?
Unas risitas por aquí, una bronca de la profesora por allá y todo solucionado. Bueno, solucionado no. Eran niños de cinco años y estarían burlándose de la forma de hablar de Ashley para siempre jamás, pero de forma soterrada, sin captar la atención de la maestra de nuevo. Sabían hacerlo bien.
Ashley se sentó sola en una de las mesas y cogió un folio en blanco y unas pocas pinturas. A lo mejor ella iba a pintar de verdad y no solo a fingir que lo hacía. De vez en cuando su cuerpecillo daba un pequeño bote a causa del hipo y Spencer sonreía divertida cada vez que eso pasaba, aquel año de primero de infantil no iba a ser aburrido para nada.
* * *

Por fin, hora del recreo. Los niños salieron de estampida al patio, un patio enorme y todo suyo. Segundos, segundos y todos los columpios estaban ocupados, risitas y gritos llenándolo todo y cada uno de sus compañeros tratando de comerse su almuerzo a la velocidad de la luz. Sabían que Spencer andaba cerca y no querían correr el riesgo de regresar a la clase con la tripa vacía.
La pequeña rubia caminó tranquilamente por entre sus compañeros mirando divertida como se metían su almuerzo a presión en sus pequeñas bocas. Bah…no tenía prisa, le interesaba localizar a la nueva, a Ashley. Le intrigaba en que podía consistir su almuerzo, un almuerzo de Londres. No tenía idea de donde estaba Londres, pero si la comida allí era tan rara como la forma de hablar de la morena valía la pena probarlo. Solo por curiosidad.
Oh…allí estaba, sola, sentada en una de las mesitas que nadie usaba durante los recreos, en una esquina del patio. A Spencer se le hizo la boca agua en cuanto localizó la bolsita que colgaba de las manos de la nueva. Allí debía guardar su misterioso almuerzo. ¡Pero que demonios! Uhhhh David…si sabes lo que te conviene dejaras esa bolsa en paz…pensó al ver a su archienemigo acercarse a la morena con paso decidido. David se pensaba que podía quitarles el almuerzo a sus compañeros así como si nada…¡JA! Dile a tu mamá que te ponga un bocata doble rubito, este patio es de Spencer Carlin.
Ashley vio como un niño se acercaba y le miró un tanto desconfiada. Igual iba a reírse de ella otra vez.
– ¿Qué llevas en esa bolsa?- interrogó aquel pequeño y Ashley bajó la vista a la bolsa que su mamá le había preparado aquella mañana.
– Eh…mi almuerzo. Creo que mi mamá me ha puesto unas galletas- admitió- ¿Tu no tienes almuerzo?- se extrañó al verle con las manos vacías- Si quieres podemos compartirlo- ofreció comenzando a sacar su paquetito de galletas.
En un rápido movimiento David le arrebató la bolsa de las manos.
– ¡Ey!- protestó Ashley mirándole molesta- ¡Dámelo!¡Es mío!- intentó recuperarlo pero David le empujó y ella acabó sentada en el suelo y con las palmas de las manos doloridas por la caída.
No la había visto llegar pero una niña rubia había salido de la nada y en aquellos momentos su agresor estaba tumbado en el suelo y la niña rubia mantenía su pie sobre su pecho impidiéndole incorporarse y huir.
– David…-fue todo lo que necesitó decir en un tono no muy amigable. Extendió su mano y el pequeño matón le entregó la bolsa de su almuerzo sin rechistar. Ashley miraba la escena boquiabierta desde su posición en el suelo- Lárgate- dijo la niña rubia liberando al matón del peso de su pie. Y aquel niño desapareció como alma que lleva el diablo. Wow…
La niña rubia se volvió hacia ella con la bolsa de su almuerzo en las manos. Y se la tendió sin decir una palabra. Ashley se levantó del suelo recuperando su almuerzo y sonriendo a su salvadora.
– Gracias- le dijo educadamente- Son galletas. Si quieres podemos comparti…
– Dámelo- le ordenó con la misma voz con que había hablado al tal David. Ashley frunció el ceño completamente descolocada. ¡Pero si acababa de devolvérselo!- Dámelo. Tengo hambre- exigió.
– Pero es mi almuerzo…-protestó la morena- Te puedo dar alguna galleta y podemos ser amigas- sugirió.
– No quiero ser amiga tuya…quiero tu almuerzo- contestó Spencer.
– ¿Y porque no le pides a tus amigas que te den un poco del suyo?- frunció el ceño la morena aferrándose a su bolsa. Aquella niña rubia no tenía derecho a comerse sus galletas y menos si no quería ser amiga suya.
-No quiero tener amigas, solo almuerzos- clarificó la rubia.
– ¿No quieres tener amigas?- alzó las cejas Ashley completamente atónita- ¿Y con quien vas a jugar?- interrogó.
– Con nadie- se encogió de hombros Spencer.
– ¿Con nadie? Eso es un poco aburrido ¿sabes? Yo tengo una mejor amiga que se llama Megan, pero se ha quedado en Londres con sus papás- le explicó y Spencer le miró sin decir nada. ¿Por qué aquella niña que hablaba raro se pensaba que le interesaba su vida dos pepinos? Pero por alguna extraña razón se quedó allí de pie escuchándola- Mira, si quieres compartimos mis galletas. Saben muy ricas- ofreció sentándose en la mesa y sacando por fin su almuerzo de la bolsa.
Spencer miró alrededor asegurándose de que nadie le viera socializando con “la nueva que hablaba raro” y se sentó junto a ella en la mesita. Vio como desenvolvía sus galletas, mmmmm…de chocolate y crema por dentro, sus favoritas. Ashley se rió alegremente al ver su cara y posiblemente al verla babeando por aquellas deliciosas galletas.
– ¿Quieres que seamos mejores amigas? Te daré de mis galletas todos los recreos si lo somos- probó suerte de nuevo la pequeña morena.
Spencer miró las galletas y a Ashley. A Ashley y las galletas. Le diría que si, se comería las galletas y luego si te he visto no me acuerdo. ¡Que mente más brillante Carlin!
– Vale- engañó a Ashley y se sintió un poco culpable al ver como los ojillos castaños de la morena se iluminaban porque tenía una mejor amiga. A lo mejor ser una mejor amiga no era tan malo al fin y al cabo.
– ¡Vale!- exclamó poniendo sus galletas en medio de la mesa para que ambas pudieran llegar a ellas- Coge una, verás que rica- le animó mientras se metía una entera en su pequeña boca y le sonreía.
Spencer le miró y no pudo evitar reírse al ver alguno de sus dientecillos manchados de chocolate mientras le sonreía ampliamente. Cogió una de las galletas y le dio un mordisco. ¡Madre mía! ¡Estaban deliciosas!
– Ahora que somos mejores amigas…¿puedo sentarme contigo en la clase?- le preguntó la morena mientras observaba como su nueva amiga degustaba su galleta.
– Bueno…-se encogió de hombros la rubia- ¿Qué más hacen las mejores amigas?- quiso saber exactamente en que se estaba metiendo. Por seguir comiéndose aquellas galletas estaba dispuesta a casi todo.
– No sé…se sientan juntas en clase, y juegan juntas y se cuentan secretos- enumeró la pequeña pensando en que hacían ella y Megan.
– Ah…vale- accedió Spencer metiéndose otra galleta a la boca. No parecía ser tan difícil.
* * *

Habían regresado del recreo hacía casi una hora y los niños ya se habían cansado de burlarse de que Spencer era amiga de “la nueva que hablaba raro”. La pequeña rubia miraba de vez en cuando a Ashley que estaba totalmente concentrada en un dibujo a medio terminar. No le había querido decir de que era el dibujo, era una sorpresa. Sonrió un poco cuando vio a la morena con el ceño fruncido y con la lengua medio sacada mientras realizaba la parte más difícil de su obra de arte. Los gestos de aquella niña eran muy divertidos y sus galletas deliciosas. A lo mejor iba a gustarle ser la mejor amiga de Ashley Davies.
– ¡Ya está!- exclamó la morena dejando a un lado la pintura amarilla- Ya lo he terminado…-le informó a Spencer- ¿Tu has terminado el tuyo?- quiso saber.
Ese había sido el trato, hacer un dibujo cada una. Spencer solo había aceptado porque hacer un dibujo de verdad era más entretenido que fingir estar haciendo un dibujo. Ashley le había dicho que al terminarlos se los regalarían la una a la otra porque eso era otra cosa que hacían las mejores amigas por lo visto. ¡Que rara era la amistad!
– Si, yo también lo he acabado- admitió Spencer. Hacía lustros que lo había terminado.
– Yo te lo regalo primero ¿vale?- le pidió la opinión la morena tendiéndoselo con los ojos brillantes por la excitación de si le gustaría su dibujo.
Spencer lo cogió y lo miró. Wow…Ashley había puesto mucho esfuerzo en aquel trabajo. Había una casa al fondo, árboles, un sol gigante y luego en primer plano había un muñeco un tanto desfigurado con las piernas demasiado cortas y los brazos demasiado largos, unos puntos azules por ojos y un borrón amarillo…¿el pelo? A su lado había otro muñeco igual de feo pero con unos puntos marrones por ojos y un borrón negro por pelo.
– ¿Te gusta? Somos tú y yo en mi casa. Puedes venir a jugar siempre que quieras.
Spencer le miró en silencio pensándose si decirle que de ninguna forma aquel espantajo era ella, pero vió el brillo esperanzado en los ojos de Ashley y se obligó a sonreírle.
– Si…es muy bonito- mintió.
– Si quieres lo puedes colgar en tu habitación- sugirió la pequeña morena extremadamente contenta de que le hubiese gustado a su mejor amiga Spencer.
Si, ya, estate esperando.
– Toma…este es el que he hecho yo- le ofreció su hoja medio en blanco.
Ashley la cogió sonriendo de oreja a oreja. Unas cuantas rallas negras. Frunció el ceño al verlo.
– ¿Qué es?- tuvo que preguntar.
– Eh…rallas negras- señaló Spencer sintiéndose algo incómoda. Ashley se había esforzado mucho más que ella. Estaba claro.
– Me gustan tus rallas negras Spencer- sonrió la morena de nuevo- Las voy a colgar en mi habitación- anunció con orgullo.
Wow…que niña más rara. Pero Spencer sospechó desde aquel momento que aunque Ashley dejara de llevar aquellas galletas tan deliciosas para compartir con ella durante los recreos no le importaría seguir siendo su mejor amiga.

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