Capítulo 03. Siete años.

Dicen que la gente cambia a medida que crece, que quieren diferentes cosas y que no deseas lo mismo cuando tienes seis, que cuando tienes dieciséis, y en parte es verdad. Por ejemplo ella, Spencer Carlin, a los siete años de mayor quería ser artista de circo, a los ocho pilotar aviones, a los nueve ser astronauta y hasta los dieciocho no se decidió finalmente. Cada año quería ser algo distinto, le gustaba una música diferente, cada año cambiaba de sabor de helado favorito y los posters de su pared. Pero siempre había querido estar con Ashley, por encima de todos los cambios superficiales, Ashley había sido una constante en su vida. Primero como su mejor amiga y después como mucho más. Y sabía que a la morena le había pasado lo mismo con ella y habían crecido juntas queriendo seguir juntas, a través de cambios de todo, lo único que ninguna de las dos quería modificar jamás eran ellas.
A un nivel muy básico siempre habían sido la una de la otra. Al principio se enfadaban si la otra hacia más caso a otros niños, como aquel día que a Ashley se le ocurrió jugar a la plastilina con Ronda. ¡Con Ronda! ¿Davies donde tenías la cabeza? Spencer estuvo todo el recreo sin hablarle porque había preferido jugar con aquella loca mezcla plastilina que con ella. Celos, celos porque eran las mejores amigas y nadie podía meterse en medio de aquello. Al principio celos de mejor amiga…más adelante celos peores, de esos que te comen por dentro y no te dejan dormir, ni comer, ni siquiera respirar sin que te duela un poquito.
Y nunca le había gustado que otra gente mirara a Ashley más de la cuenta, y lo hacían, oh si, lo hacían mucho. Tanto chicos como chicas, la miraban cuando caminaban por la calle, la miraban si estaban tomando algo en un bar, en cualquier sitio. ¿Y podía culparles? ¡Si, si podía! Y de hecho lo hacía y les dedicaba miradas asesinas hasta que se daban por aludidos y dejaban de desgastarle a la novia.
Ashley ni siquiera se daba cuenta de la expectación que causaba. Ashley no se daba cuenta de lo increíble y absolutamente preciosa que era. Y si se daba cuenta prefería obviarlo. Así era Ashley, la chica a la que conocía desde siempre. Sus vidas eran una, en serio, los mismos recuerdos, las mismas experiencias. Siempre juntas.

Ashley y Spencer a los siete años

Era domingo por la tarde y llevaban allí mucho rato, en el rincón más apartado del enorme jardín de la casa de Ashley. Spencer había convencido a su amiga para que le ayudara a buscar botellas. Botellas de lo que fuera. Botellas vacías. Ashley había accedido fácilmente aún sin saber que objetivo perseguía la rubia con aquella recolección. Así que Spencer, Skippy y la morena se habían pasado media tarde buscando por los alrededores. Vale, no habían encontrado muchas y por eso habían entrado en casa de los Davies y habían vaciado unas cuantas de las que encontraron en la nevera aprovechado que Paula y Christine estaban ocupadas en el salón. Spencer se había bebido una Coca Cola, Ashley un zumo de naranja y habían llenado el bebedero de Skippy de zumo de manzana. Vaciaron dos cervezas tirando su contenido por el fregadero y ya estaban listas. Listas para llevar a cabo lo que la rubia tuviera en mente.
Afinar su puntería, eso quería Spencer y la morena llevaba casi una hora sentada en el suelo con Skippy, tras su amiga, observando como les tiraba piedras a las latas con un tirachinas, trataba de derribarlas pero no siempre lo conseguía. Vale, casi nunca lo conseguía, pero ella le aplaudía muy fuerte cada vez que una de las latas caía abatida. Apoyo moral. Skippy por su parte corría hasta el lugar del derribo para juguetear con la lata o la botella hasta que se cansaba y volvía junto a la morena.
– No creo que puedas trabajar en el circo- opinó Ashley mientras jugueteaba con un hierbajo entre sus dedos.
– Si, si que podré trabajar en el circo y te dejaré entrar gratis- insistió Spencer cerrando un ojo y sacando la lengua mientras trataba de apuntar con precisión a una lata de Pepsi- Seré equilibrista- sentenció.
– No. No quiero que seas equilibrista- negó Ashley- ¿Y si te caes y te mueres?- inquirió preocupada.
– Vale. Pues seré domadora de leones y de tigres- decidió entonces.
– No. Podrían comerte- lo vetó también la morena- Te dejo solo que seas maga- le informó y Spencer disparó la piedra fallando el tiro.
– Vale. Seré maga- aceptó buscando otra piedra por el suelo.
Ashley le miró aún no muy convencida del futuro profesional de Spencer. La rubia le observó por un momento. Parecía triste.
– ¿Qué te pasa? Ya te he dicho que seré maga- le recordó.
– Ya…pero el circo siempre está viajando y no te vería nunca- admitió la morena mirando sus manos.
– Si me verías, tu tienes que trabajar en el circo conmigo. Ya lo había pensado, tu serás payasa…te sale muy bien- se burló de ella y Ashley le pegó un manotazo en la pierna.
Spencer rió al haber conseguido molestarla y se metió otra piedra más en el bolsillo. Estaba encontrando bastante munición. Ashley estaba demasiado callada, quería decir que estaba pensando en como decirle algo importante.
– Spencer…-ahí estaba.
– ¿Qué?- inquirió la pequeña rubia centrando en ella su atención.
– Vamos a ser mejores amigas para siempre ¿verdad que si?- le preguntó seriamente.
– Claro que si- aseguró la niña.
– Y vamos a vivir siempre en el mismo sitio ¿a que si?- continuó.
– Ya te he dicho que vamos a ser vecinas- le tranquilizó Spencer- Nos podremos pasar juntas todo el día, trabajaremos en el circo y luego viviremos al lado- planeó.
– ¿Y si tu marido no quiere vivir aquí?- frunció el ceño la morena.
– No me casaré con nadie que no quiera vivir donde vivas tu- se comprometió la rubia.
– ¿De verdad que no?- sonrió un poco su amiga.
– De verdad que no- le aseguró sentándose a su lado- Yo ya sé con quien vas a casarte tu- añadió mirándola y Ashley frunció el ceño sin saber muy bien si quería continuar con aquella conversación.
– A ver…¿con quien?- preguntó algo reticente.
– Con Nathan- le informó la rubia como si estuviera en su mano asegurar algo así.
– Aghhhhh…¡no!- rió Ashley contagiando a su amiga.
– Si, porque le gustas…me lo ha dicho Sarah- le picó Spencer.
-¡Pero se come los mocos!-le indicó Ashley completamente disgustada.
– Mejor…así no le tendrás que hacer la comida- apuntó la rubia y rió aún más al ver como la cara de la morena reflejaba más asco del que ninguna cara, ninguna, había reflejado antes- Le gustas Ashley, te va a dar un beso- le reveló.
– ¡¿Qué?! ¡Yo no quiero que me de besos ese comemocos!- se lamentó.
Spencer se encogió de hombros, no había nada que ella pudiera hacer al respecto y lo sentía por su amiga, de verdad que si.
– Pero le gustas y le ha dicho a Ralph que te va a dar un beso. Me lo ha dicho Sarah- repitió.
– ¡Pero…!- empezó a protestar la morena antes de que la voz de Paula Carlin llamando a su hija las interrumpiera.
– ¡Spencer nos vamos a casa!- le informó la mujer desde el otro lado del jardín- Dile adiós a Ashley y ven al coche- le pidió.
Spencer miró a su amiga suspirando. ¿Ya se había pasado la tarde? ¡Jolines! Demasiado pronto.
– Me tengo que ir- se disculpó levantándose y sacudiéndose los pantalones.
– ¡No dejes que me de un beso Spencer por favor! Se come los mocos- suplicó sujetándole por la pierna y a juzgar por su cara estaba realmente angustiada. Buff…hubiera sido mejor no haberle dicho nada y que fuera una sorpresa.
– ¡Spencer!- volvió a escucharse la llamada de Paula. ¡Mamá por favor! Un poco de paciencia, estamos tratando asuntos vitales aquí…
– ¡Ya voy!- gritó a pleno pulmón antes de devolver su vista a la morena- Ya sé lo que puedes hacer…puedes comerte una cebolla en el recreo. Darás tanto asco que nadie querrá darte un beso…-le sugirió.
– Pero no me gustan las cebollas…-puso pegas Ashley.
– Pues ajos- le dio otra opción y su amiga arrugó la cara como signo de repulsión- Pues sino quieres comerte ni una cebolla ni un ajo…Nathan te va a dar un beso. Un beso de amooooooor…- le chinchó mientras se alejaba haciendo ruidos de besos.
– ¡Eres una tonta Spencer!- le dijo Ashley aún sentada en el suelo mientras veía como la rubia se alejaba con ojos entornados.
En cuanto Spencer y Paula desaparecieron con el coche Ashley se levantó y Skippy y ella se apresuraron a entrar dentro de su casa. Tenía que decirle a su madre que tenía ochenta de fiebre y que, por supuesto, no podía ir al colegio al día siguiente.
Un beso de Nathan…¡¡¡¡¡¡aggggghhhhhh!!!!! No iría al colegio al día siguiente, no iría al colegio en toda la semana. N o, en todo el mes. No, no. ¡En el año entero!…

* * *

Al día siguiente en el colegio Ashley miraba de reojo hacia el lugar donde estaba Nathan. ¡Los ojos de sapo de Nathan estaban fijos en ella! Oh…no. Le gustaría ser desmontable, así podría quitarse los labios durante aquel recreo y Nathan no podría darle un beso. Iuuuuu…cada vez que las palabras BESO y NATHAN aparecían en su mente le sacudía un desagradable escalofrío.
Escuchó una risita a su lado. La idiota de Spencer. Todo aquello le parecía muy pero que muy divertido. ¡Y no tenía ninguna gracia! Le pegó un codazo provocando que se saliera del papel en el que estaba trabajando. Y con “trabajando” quería decir escribiendo con su letra casi ilegible una A un corazón y una N infinitas veces. Decía que sería su regalo de bodas…¡esa niña era tonta! No sabía porque seguía siendo su mejor amiga.
Y el momento más temido del día para la pequeña Ashley llegó en forma de timbre sonando. Fin de las clases, podían salir al recreo. Jo tio…

Spencer y ella habían conseguido hacerse con un par de columpios y se balanceaban de delante hacia atrás mientras degustaban sus almuerzos intercambiándoselos de vez en cuando.
Ashley se quedó con el sándwich de Spencer a medio camino de su boca cuando vio como Nathan se acercaba a ellas seguido por un séquito de niños que cuchicheaban entre ellos.
– Hola Ashley- saludó el pequeño metiendo sus manitas en los bolsillos de su abrigo y cambiando varias veces el peso de su cuerpo de pie.
– Hola Nathan- contestó la morena. Sus padres no la habían criado para que fuese una maleducada. Ni siquiera con los niños que se comían los mocos y que querían darle besos.
El niño se quedó mirando el suelo fijamente y Spencer le dio un mordisquito a una de las galletas de Ashley completamente entretenida por la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Nathan parecía retrasado, más que de costumbre quería decir, se había quedado ahí parado como un tonto. Solo reaccionó cuando uno de los miembros de su séquito le empujó ligeramente susurrándole un “Díselo” acompañado de risitas del resto de los niños.
– Eres muy guapa- soltó por fin poniéndose rojo como un tomate acto seguido. Muy, muy rojo.
– Gracias- fue todo lo que pudo contestar la morena.
Y entonces, en un movimiento extremadamente rápido, tomó la cara de Ashley entre las manos y unió sus labios por unos segundos. Uhhhhhh…para Spencer había dejado de tener gracia. No le gustó lo que vio. No señor. Nadie besaba a su mejor amiga sin ella quererlo. Nadie. Y si aquella sensación no era suficiente para hacerla reaccionar las protestas de la morena hicieron el resto. Saltó de su columpio y apartó a Nathan de un empujón haciéndole perder el equilibrio y caer de culo al suelo.
-¡A Ashley no le gustas, déjala en paz!- le informó interponiéndose entre el niño y su mejor amiga.
Nathan ya se había echado a llorar y se levantó para desaparecer rápidamente de allí mientras sus amigos le seguían riéndose porque le había pegado una niña.
Spencer se volvió hacia su amiga y sonrió un poco al ver la cara de desagrado que se le había quedado a la morena.
– ¿Quieres que te acompañe al baño y haces gárgaras?- le propuso tendiéndole la mano. Ashley asintió rápidamente aceptando la oferta de la rubia y siguiéndole aún con cara de disgusto. Probablemente no se le quitaría en días enteros.
Spencer le miró sonriendo mientras la morena se aclaraba la boca una y otra vez y se restregaba los labios con su mano mojada.
Se pasaron allí el resto del recreo.

* * *

Y como aquella tarde los padres de Ashley habían tenido que irse a hacer unos recados la morena estaba en la casa de los Carlin. Más concretamente en el sillón del salón de los Carlin dándole pequeños mordiscos al bocadillo que Paula le había preparado hacía minutos. Spencer masticaba el suyo junto a ella con los ojos fijos en la televisión.
– ¿Ya se te ha pasado el asco?- le preguntó de pronto la rubia mirándole y Ashley negó con la cabeza aún con su vista en la pantalla. Spencer se limitó a sonreír- ¿Tan asqueroso es?- curioseó mordiendo fuerte su bocadillo.
– Si tanto- confirmó la morena- No voy a darle besos a nadie jamás.
– ¿Jamás?- frunció el ceño la rubia.
– Jamás. Es lo más asqueroso que me ha pasado nunca- le confesó- Tu tampoco deberías dar besos a nadie jamás- le aconsejó.
– ¿Es más asqueroso que aquella vez que Skippy se hizo caca y tu la pisaste con el pie descalzo?- quiso saber. Era lo más asqueroso en lo que podía pensar en aquellos momentos.
– Si, más asqueroso que eso. Dar besos es más asqueroso que pisar una caca de perro descalza- sentenció Ashley llevándose el bocadillo a la boca de nuevo tras aquella categórica afirmación.
– Wow…entonces si que no voy a dar besos a nadie nunca- decidió Spencer centrándose de nuevo en su propia merienda- Ashley…-llamó su atención otra vez- Si es tan asqueroso…¿por qué los mayores se dan besos en las películas?- quiso saber.
– Por que les pagan mucho, mucho dinero para que lo hagan tonta- dijo como si fuera vox populi.
– Ah…¿cuánto tendrían que pagarte a ti para que dieras otro beso?- curioseó.
– Buff…por lo menos mil dólares- decidió aquella cantidad pensando que era una cifra astronómica.
– Ala…-admiró Spencer el altísimo precio de los besos de su amiga.
Las dos continuaron viendo una de sus series de dibujos favoritas y cuando Ashley se metió el último trozo de bocadillo en la boca se volvió hacia su mejor amiga.
– Gracias por hacer llorar a Nathan, eres la mejor amiga del mundo- le dijo mirándole con una sonrisa a pesar de tener la boca medio llena.
– Tu dijiste que las mejores amigas se tienen que defender- se encogió de hombros la rubia quitándole importancia- Y volveré a hacerle llorar si intenta darte otro beso- aseguró y Ashley sonrió aún más acurrucándose contra ella en el sofá y apoyando su cabeza en su hombro.
Continuaron viendo la televisión hasta que el timbre sonó y Christine y Raife entraron a recoger a su única hija que reía junto a Spencer en el sofá a causa de una serie de dibujos divertidísima.
Como siempre Ashley y Spencer protestaron por tener que separarse y como siempre no les sirvió de nada. ¡Que aguafiestas eran los mayores! ¿Por qué no podía Ashley quedarse a dormir? Si, vale, tenían colegio al día siguiente pero Paula les podía llevar a las dos… Por mucho que lo intentaron los padres de ambas se mostraron inflexibles. Además decían que ya habían estado juntas todo el día…¡todo el día era muy poco! Puff…que mierda.
La morena acabó rindiéndose y se levantó del sofá a regañadientes para seguir a sus progenitores fuera de la casa. Antes se despidió de Spencer con un beso en la mejilla.
– Eh…no tengo mil dólares Ash- le confesó la rubia y su amiga soltó una risita al oírle.
– Eso es para los demás…no me da asco darte besos a ti tonta- dijo como si fuera obvio antes de abandonar el salón correteando- ¡Hasta mañana Spence!- gritó ya desde la puerta.
– Hasta mañana- respondió la rubia algo decepcionada porque Ashley se marchara. Le encantaba cuando su amiga y ella dormían juntas porque se pasaban media noche despiertas hablando y riéndose muy bajito para que los mayores no se enteraran de que aún no dormían.
Cuando estuvo en la cama bajo sus mantas solo pensó en que tenía que dormir bien, tenía que dormir muy bien porque tal vez al día siguiente tuviera que defender a Ashley del comemocos de Nathan otra vez. Menudo trabajo le daba su puesto de mejor amiga de Ashley. Tenía que defenderla, tenía que compartir su almuerzo con ella y tenía que acompañarla a todos lados y a veces hasta ayudarle a recoger las cacas de Skippy de su jardín.
Si, era un trabajo agotador y le encantaba ser la mejor amiga de Ashley Davies.

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