Capítulo 21. Final.

¡Llegaba tarde! Madre mía, iba con retraso y no encontraba su portafolios por ningún lado. Dio una vuelta sobre si misma en el centro de su habitación y nada. Allí no estaba.
– ¡Spence!- llamó a su chica asomándose al pasillo para que la rubia pudiera escucharle desde la cocina- ¿Sabes donde esta mi portafolios?- inquirió a la vez que se colocaba sus tacones apoyándose en el marco de la puerta.
– ¡Primera balda del armario! Tuve que esconderlo ayer- le llegó la respuesta de su chica.
Se apresuró a hacerse con él, se miró en el espejo del baño por última vez asegurándose de que su aspecto era el adecuado para la reunión con aquellos clientes y bajó al piso inferior a toda prisa. Y por muy tarde que fuera, nunca, jamás, se iba de casa sin despedirse de sus dos chicas así que entró en la cocina y una oleada de amor infinito le recorrió todo el cuerpo al ver a su hija sentada en su sillita sacudiendo su sonajero entre sus pequeñas, y aun torpes, manitas y riéndose alegremente mientras Spencer le distraía contándole un cuento a la vez que intentaba que se tomara su papilla. Oh, oh…no, no era un cuento. ¿Otra vez estaba contándole “La historia de amor más bonita del mundo”? Al menos así lo llamaba la rubia. Había empezado a contársela desde el día en que la llevaron a casa por primera vez. Aún no podía entenderla pero a Spencer le daba igual, y la verdad, a la pequeña parecía encantarle escucharla de boca de su mami. ¡Incluso la tenía escrita en un cuaderno! Su relación año a año. Desde que tenían cinco y se conocieron en aquella clase de infantil. ¿Y luego era ella la cursi y ñoña?
– Y así conociste a las abuelas, vestidas de cítricos…-decía la rubia mientras cargaba la cucharita con más papilla.
– Spence…¿otra vez estás contándole esa historia?- inquirió la morena besando la mejilla de su mujer.
– ¡Le gusta!- se defendió la aludida mirando a su hija y sonriendo al ver como esta observaba a Ashley y balbuceaba sacudiendo con más fuerza el sonajero extremadamente contenta de ver a su mama otra vez. Y parecía que la alegría era mutua porque la morena estaba igual de contenta de verle a ella. Y eso que no hacía ni veinte minutos desde que se habían separado en el piso superior. Bah…algún día Ashley la iba a entecar. Y si no la entecaba Ashley la entecaría ella…pobre Abby.
– ¿Te estás portando bien? ¿Te estás comiendo toda la papilla?- le preguntó la morena a la diminuta rubia frotándole su pequeña tripita con cariño. Abby lanzó un gritito mezclado con una risita al sentir la mano de su mama y estiró una de sus pequeñas manitas para tocarle la cara. Le gustaba la nariz de su mama y tirarle del pelo a veces. También le gustaba la nariz de su mami y tirarle del pelo a veces.
Ashley sonrió dejando que su hija le toqueteara la cara y luego lamentó no haber tenido los suficientes reflejos como para apartarse antes de que su pequeña atrapara un mechón de pelo en su puñito. Spencer tuvo que ayudarle a liberarse mientras ambas regañaban a Abby porque no se tiraba del pelo a la gente. Era inútil y lo sabían, su hija sentía verdadera fascinación por el pelo de ambas.
Una vez libre Ashley depositó como quinientos besos por la carita de su hija haciéndole reír alegremente.
– ¿Te acuerdas de lo pesadas que nos parecían nuestras madres cuando nos daban besos por la cara?- insinuó Spencer.
– Cállate…le gusta- sonrió la morena- ¿Verdad que si? ¿Verdad que te gustan los besos de mama?- Spencer tuvo que sonreír también al escuchar a su mujer hablarle así, con aquella voz que los adultos solo dedican a los bebés. El tono de voz de Ashley dedicado a Abby era el tono de voz más maravilloso del mundo. Y Abby ya contestaba, en su lenguaje de balbuceos de bebé y pompas de saliva, pero les contestaba a ambas. De un momento a otro comenzaría a hablar. ¡Su pequeña comenzaría a hablar!
– ¿No te tenías que ir a algún sitio?- le recordó la rubia cuando su mujer empezó a juguetear con el sonajero de su hija frente a la carita de la misma.
– Jo…si- admitió la morena suspirando- Mamá se tiene que ir a trabajar pequeñaja- le informó- Y tu tienes que terminar de desayunar la papilla para poder ir a casa de la abuela Paula y el abuelo Arthur.
Al oír “abuela Paula y abuelo Arthur” los ojillos azulados de la pequeña brillaron. Brillaban igual cuando le mencionaban a sus otros abuelos. Si, Abby Carlin Davies debía de ser la niña más querida y más mimada por sus abuelos en el universo entero. Le encantaba pasarse las mañanas en las casas de los padres de ambas mientras ellas trabajaban y le encantaba porque allí ella era la reina y señora y se salía con la suya siempre.
Tras depositar un último beso en la mejilla de la pequeña, Ashley se volvió hacia su otra chica preferida.
– Me tengo que ir de verdad- puso pucheros y Spencer sonrió besándole y dejándose besar a su vez.
Ambas escucharon los grititos extremadamente excitados de Abby. Le encantaba cuando sus mamás se daban besos. De verdad que si. Las dos sonrieron contra los labios de la otra y se besaron una última vez antes de que Ashley se incorporase alisándose el traje.
– ¿Cómo estoy?- pidió la opinión de la rubia dando una vuelta sobre si misma.
– Increíble. ¿Te he dicho ya cuanto me gustan tus piernas en esas faldas?- inquirió- Eres la abogada más sexy del mundo- le piropeó.
– Gracias- sonrió su chica- Tu eres la mami cubierta de papilla más sexy del mundo- le correspondió y Spencer sonrió cuando la morena acarició su pelo antes de besarle una ultima vez y alejarse hacia la puerta- Yo paso a recogerla por casa de tus padres cuando salga del trabajo- pactó con su chica- Os quiero- les dijo a ambas antes de abandonar la cocina. Ugh…iba tarde pero de verdad.

Spencer miró la puerta con una sonrisa por unos segundos antes de devolver la atención a su hija que no parecía para nada contenta de que su mamá hubiera desaparecido de su vista. Para nada.
– ¿Has oído a mamá Abby? Nos quiere mucho- le habló con su propia voz dedicada a ella. Su tono era parecido al que usaba Ashley. Cargó otra cucharada de papilla e imitó el sonido de un avión mientras la dirigía a la boca de su hija. La pequeña continuó comiendo sin mayores problemas. En el fondo, y a pesar de los dolorosos tirones de pelo, ni Ashley ni ella podían quejarse. Abby era una niña muy buena. Al menos de momento.
Tras terminar la papilla, Spencer continuó con la rutina de todos los días. Subió con Abby al piso superior, le lavó la carita, le vistió y la dejó en su parque de juegos mientras ella se arreglaba para salir de casa. Gracias a dios el trabajar en el taller familiar le permitía un horario más o menos flexible y entraba una hora más tarde de lo que lo hacía antes de Abby, Ashley tenía que estar en el trabajo pronto de modo que se habían organizado de aquella forma. Ella se quedaba con Abby por las mañanas y la llevaba a casa de unos de sus abuelos antes de irse al taller y Ashley la recogía al salir del trabajo.
– Abby…¡hora de ir a casa de los abuelos!- exclamó alegremente Spencer tomando a su hija en brazos, las dos listas y preparadas para abandonar la casa. La pequeña soltó un par de carcajadas mezcladas con algunos ininteligibles balbuceos inmensamente emocionada porque iba a ver a su abuela Paula. Su abuela Paula era muy divertida. Jugueteó con el pelo de su mami mientras Spencer cargaba con ella en brazos hacia el coche y luego tiró un poquito de él. ¡De verdad que no podía contenerse! Y claro, su mami le riñó un poco.
Spencer terminó de asegurar a su pequeña en su sillita del asiento trasero del vehículo y ocupó el puesto tras el volante echándole una última ojeada a Abby por entre los asientos. Los dos pares de ojos azules se encontraron y Spencer le sonrió con todo el amor que sentía por aquella pequeña personita y era mucho. Era increíble cuanto. Le dio un cariñoso apretón en uno de sus pequeños piececillos cubierto por una mini zapatilla y Abby sacudió sus brazos con ganas, como diciendo “¡Vamos mami, pisa a fondo!”. Wow…parecía tener prisa por llegar.
– Pórtate bien con la abuela Paula ¿entendido enana?- hablaba la rubia mirando a la pequeña de vez en cuando a través del retrovisor.
Abby escudriñaba el paisaje que desfilaba ante sus ojos con una atención infinita y Spencer sonrió, estaba creciendo muy deprisa. Hacía tan solo dos semanas habían celebrado su primer cumpleaños. Wow…Abby ya tenía un añito y cada día parecía más curiosa y despierta que el anterior, lo señalaba todo, lo cogía todo, lo rompía todo…desde que había empezado a gatear Ashley y ella tenían que tener el triple de cuidado de donde dejaban sus cosas. Y buff…la pequeña ya podía caminar de pie si encontraba algo a lo que aferrarse como apoyo. Ashley la había descubierto incorporada y avanzando hacia los mandos de la televisión ayudándose con la mesita del salón hacía ya algún tiempo y le había llamado a voz en grito, como si un bebé caminando fuera el acontecimiento más increíble de la historia de la humanidad. Y… ¡madre mía! ¡Por supuesto que lo era! Lo habían grabado inmediatamente en video.
– Ya sabes que después mamá pasará a recogerte y…-continuó Spencer.
– Mamá…- se escuchó una vocecita en la parte trasera del coche.
Oh, dios, mío. ¡Oh Dios Mio! ¿Mamá? ¿Había dicho mamá? ¡OH DIOS MIO! No había sido un “mamamamama” o un “bababababa” de los que balbuceaba normalmente…¡había sido un “mamá” alto y claro! ¿verdad que si? Oh señor…¡su primera palabra! ¡Su primera palabra y ella la había escuchado! Uh…Ashley iba a estar muy celosa…y ella iba a parar el coche pero ya. Señalizó y estacionó el vehiculo a un lado de la calzada, se desabrochó el cinturón y se coló entre los dos asientos delanteros encarando a una sonriente copia suya de apenas un año de edad.
– ¿Qué has dicho cariño? ¿Has dicho mamá?- a cambio de la pregunta recibió una risita- ¿Has dicho mamá? Ma-má…-repitió más despacio.
– Mamá- volvió a articular Abby con una vocecita maravillosa.
– ¡Oh dios mío! Lo has dicho de verdad…¡has dicho “mamá”, Abby!- exclamó Spencer increíblemente emocionada- ¡Tenemos que llamar a mamá!- decidió.
– Mamá- corroboró la pequeña y Spencer se tapó la boca con la mano que no sostenía el teléfono porque es que iba a llorar. Madre mía.
Su mujer no tardó nada en contestar al móvil y lo hizo en tono preocupado, Spencer sabía que tenía una reunión importante en unos minutos.
– Spence ¿qué pasa?- preguntó de inmediato. Y le hizo una seña con la mano a uno de sus compañeros que le urgía para que abandonara su despacho y acudiera ya a la sala de conferencias.
– ¡Oh dios mío Ash! ¡No te vas a creer lo que acaba de pasar!- le sorprendió la rubia con una voz unos mil decibelios más alta que de normal.
– Ummm…no sé lo que acaba de pasar pero sé que los clientes están esperando cariño- señaló la morena muchísimo más tranquila. El tono de Spencer no presagiaba nada malo.
– ¡Ha dicho “mamá”, Ash! ¡Acaba de decir mamá por lo menos tres veces!- exclamó la rubia, ¡que esperaran los clientes! ¡Abby había dicho “mamá”!
– ¿Ha dicho “mamá”?- repitió Ashley y…¡que esperaran los clientes!¡Su hija había dicho su primera palabra!- ¡Yo quería oírla!- protestó.
Y como si la pequeña la hubiera escuchado, un “mamá” entonado por una vocecilla infantil llegó a los oídos de la morena que se llevó su mano libre a la boca al escucharlo. ¡OH DIOS MIO! ¡Era su niña la que había dicho eso!
– ¿La has oído?- preguntó Spencer con voz emocionada.
– ¡Ha dicho “mamá”! ¡Spence, madre mía! Voy a llorar…-tuvo que reconocer llevándose la mano al pecho. Escuchó a su chica reírse al otro lado. ¡No era una broma! Iba a llorar de verdad…su bebé había dicho su primera palabra. Escuchó como el mismo compañero toca pelotas le llamaba de nuevo y le contestó con un exasperado “¡Un momento!”. ¿Qué mierda de lista de prioridades tenía aquella gente? ¡Su niñita estaba hablando!
– Ash…creo que tienes que atender a esos clientes- sonrió un poco la rubia al escucharle.
– Si, vale, ahora voy. Pero antes… ¡haz que lo diga otra vez Spence!- exigió sentándose a su mesa.
¡Y lo dijo! ¡Lo dijo dos veces más! Entre risitas. Abby estaba increíblemente emocionada, casi tanto como sus mamás, porque nada más decir esa palabra las dos personas más importantes de su vida se volvían locas de alegría. No podía ver a su mamá, pero escuchaba su voz a través de aquel extraño aparato y parecía muy, muy contenta al oírle llamarle. ¿Y su mami? Jo…su mami tenía la sonrisa más grande que le había visto nunca. Bueno…parecida a cuando le pillaron caminando hacia los mandos de la tele. Quería aprender a llamarle a ella también, pero “mami” era mucho más complicado que “mamá”, pero no pasaba nada, entrenaría hasta que lo consiguiese.

* * *

– “Abuela Paula”, “A-bue-la Pau-la”, “A,b,u,e,l,a P,a,u,l,a”. “Abuela Paula”. “A,b…
– ¡Mamá! ¿Quieres coger a la niña? ¡Tengo que ir al taller! Y acaba de aprender a decir mamá, dos sílabas. No esperes que de repente se ponga a recitar a Shakespeare- exclamó Spencer cansada de sujetar a Abby frente a Paula en la puerta de entrada a su casa mientras ella se dedicaba a intentar que la pequeña dijera “Abuela Paula” repitiéndolo frente a su carita.
– ¡Ven con la abuela cariño!- sonrió la mujer ampliamente dando curso a la petición de su hija y acogiendo a su tesoro rubio en sus brazos- Te quedas con la abuela, ¿verdad que si? Dile adiós a mami. “Pasa un buen día mami”, “Pa-sa un bu-en día ma-mi”, “P,a,s,a u,n…- repitió lentamente en espera de que Abby le imitara y Spencer suspiró resignada.
Le dio un beso a su hija, y luego otro y luego otro. ¡Si! Era una madre pegajosa y besucona ¿y que? Le pidió que se portara bien con la abuela Paula y luego se obligó a alejarse de nuevo hacia el coche. Todas las mañanas le costaba separarse de ella a pesar de que sabía que se quedaba en las mejores manos del mundo. Le dedicó una última mirada y la vio abriendo y cerrando su puñito en un silencioso adiós a imitación de su abuela Paula. Le lanzó un beso antes de montarse en el vehículo con el corazón extremadamente activo en su pecho. ¿Cómo era posible que un ser tan pequeño consiguiera hacerle sentir así con solo una palabra? No lo sabía…pero esperaba que Ashley hubiera podido centrarse de nuevo en su reunión, a lo mejor debería haber esperado a decírselo después pero es que…¡madre mía! ¡Es que Abby había dicho “mamá”!
Abby vio el coche de su mami desaparecer de su vista y por un momento miró la carretera vacía con ojos tristes. Ella echaba de menos a su mamá y a su mami por las mañanas. Pero luego su abuela Paula le llevó al interior de la vivienda y se reencontró con todos los juguetes que tenía en esa casa, le esperaban en el suelo del salón, y ya no le daba tanta pena. Sus mamás estarían trabajando pero ella también tenía cosas muy importantes que hacer allí, aquellos bloques de colores no iban a apilarse solos. Uh…de repente su abuela Paula estaba sentada frente a ella y repetía una y otra vez su nombre “abuela Paula”. Mmmm…seguramente quería que le llamara a ella también pero…¿abuela Paula? ¡Si todavía no había conseguido decir “mami”! Pobre abuela Paula, decidió incluirla a ella también en la importante construcción de aquella torre de bloques multicolor, a lo mejor así se sentía mejor. Le tendió una de las piezas mientras en su lenguaje de balbuceos y pompas de saliva le decía “Calla y construye abuela, calla y construye”.

* * *

No se había despedido de nadie aquel día. Madre mía era un milagro que hubiera podido concentrarse de nuevo para la reunión con aquellos clientes después de haber escuchado a su hija llamándole. Es que esa vocecita diciendo “mamá” no se le iba de la cabeza y aquel día se había convertido en otro de los mejores de su vida. Tenía unas ganas inmensas de recoger a Abby de casa de Arthur y de Paula…a lo mejor le saludaba con otro “mamá”. ¡Por favor que le saludara con otro “mamá”! Spencer había tenido mucha suerte…había sido la primera que le había escuchado hablar, tendría que interrogarla a fondo cuando Abby y ella fueran a buscarle al taller. Lo hacían cada día, la recogía de casa de sus abuelos, dejaban el coche en su casa y paseaban hasta el trabajo de la rubia, no quedaba muy lejos y Abby se lo pasaba estupendamente señalándolo y cotilleándolo todo de camino allí. Su hija era la niña más despierta y más lista del mundo entero, y ya sabía que todos los padres decían eso de sus hijos, pero los demás estaban equivocados.
¡Ya estaba allí! ¡Ya estaba allí! Paró el coche frente a la casa de sus suegros y llegó a la puerta en tiempo record pulsando el timbre un par de veces. Paula abrió enseguida con una sonrisa de oreja a oreja.
– Ey Paula- saludó rápidamente. No tenía tiempo que perder, necesitaba ver a su niñita ya. ¡Su niñita que ya hablaba!
Fue directa al salón mientras Paula le seguía parloteando e hiper emocionada repitiendo que Abby había dicho algo parecido a “Paula”. Pobre ilusa. Y allí estaba su pequeña. Sentada sobre su inmensa mantita y manipulando algunas piezas de diversas formas con cara de concentración total, ¡no era fácil encontrar el lugar en el que encajaban! Escuchó pasos tras ella y se volvió para descubrir a su abuela y a su mamá observándole, ¡ey! ¿ya se había pasado la mañana? Madre mía…el tiempo vuela si estas trabajando tan duro como ella lo había hecho aquel día. El tiempo había volado y su mamá ya estaba allí. ¡Su mamá!
– Mamá- repitió su primer logro del lenguaje hablado tendiéndole los brazos en un silencioso “Cógeme”.
Uff…¡menuda sonrisa más grande apareció de repente en la cara de su madre! ¿Aquella gente no se cansaba de escuchar la misma palabra una y otra vez? Parecía que no, porque en cuestión de segundos se encontraba envuelta entre los brazos de su mamá y le estaba dando muchos besos por la cara. Tuvo que reírse porque le encantaba que sus madres le dieran besos. Ella a cambio le demostró su amor infinito tirándole del pelo un poquito otra vez.

* * *

– Dentro de nada se marchará a la universidad…- suspiraba Ashley mientras Spencer y ella observaban a Abby jugar sentada en la bañera. Le gustaban mucho sus patitos de goma.
Uff…la morena le había obligado a repetir con todo lujo de detalles todo lo que había sucedido desde que ella se había marchado al trabajo aquella mañana. En serio, le había interrogado durante gran parte de la tarde y después las dos se habían dedicado a observar a su pequeña. Cada vez lo era menos, pequeña, estaba creciendo muy deprisa, demasiado deprisa para el gusto de ambas. ¡Y luego se burlaban de Paula y de Christine cuando se lamentaban de que ellas ya no tuvieran seis años! Madre mía…¿estarían Ashley y ella convirtiéndose gradualmente en sus madres? Por favor no Señor, no dejes que eso suceda jamás.
Un año desde que Abby llegó a sus vidas y se había convertido en el centro de todo, en el centro de su universo, del suyo y del de Ashley. En alguno de los miles y miles de libros que ambas habían leído durante el embarazo de la morena, los expertos decían que la llegada de los hijos podía afectar negativamente a la pareja a través del cambio de la dinámica de la relación que les unía hasta ese momento. ¿Se había dado un cambio de dinámica en su relación con Ashley a raíz del nacimiento de su primera hija? Si, por supuesto que si. Ya no solo eran ellas dos, tenían a su cargo a una diminuta criatura que las necesitaba más de lo que nadie iba a necesitarlas jamás, de modo que si, las cosas habían cambiado…pero para mejor. ¡Para mucho mejor! Porque a ella hasta que pasó le había parecido algo imposible pero la llegada de Abby les había acercado a ambas todavía más. Abby estaba allí por ellas, lo habían hecho juntas y cada vez que veía a Ashley observar a la pequeña rubia sabía que sentía exactamente el mismo amor infinito que experimentaba ella. Su mujer y ella siempre habían sido un equipo, desde los cinco años, el equipo más indestructible de la historia de la humanidad, y Abby simplemente les había reforzado más. Mucho más porque era misión de ambas asegurarse de que aquella pequeña de enormes ojos azulados, que se encontraba en aquellos momentos dando manotazos al agua felizmente mientras hablaba en su primitivo lenguaje de “babababababas” y “dadadadadadas”, fuera la niña más feliz del mundo entero.
– Acaba de aprender a decir mamá, Ash…-sonrió la rubia- Me parece que exigen algo más que eso para formalizar la matrícula- bromeó acariciando el pelo de su mujer.
– ¿No te parece que fue ayer cuando la llevamos a casa por primera vez desde el hospital? ¡Ha pasado un año ya!- señaló la morena mirando a su chica desde su posición sentada en el suelo junto a la bañera. Spencer se encontraba sentada a su lado y besó su mejilla al escucharle.
– Ha pasado muy deprisa- estuvo de acuerdo y sonrió cuando Abby le ofreció uno de sus patitos de goma desde el agua. Por supuesto que lo aceptó y le dio las gracias- Pero no te preocupes, aún falta mucho para que se vaya de casa- tranquilizó a su mujer mientras llenaba el patito de goma con agua y luego mojaba el pelo de la pequeña utilizando el juguete como ducha.
Abby rió llevándose ambas manos a la cabeza al notar como el agua caía desde arriba. Era exactamente eso lo que había buscado al cederle el patito a su mami, siempre se lo hacía porque sabía que le encantaba. Y cuando ella se reía sus mamás se reían también y por eso le gustaba tanto la hora del baño. La hora del desayuno no le gustaba mucho porque su mamá no estaba, la hora de la comida aún menos porque no estaba ninguna de las dos y comía en casa de sus abuelos. O con la abuela Paula o con la abuela Christine y, aunque las dos eran muy divertidas y ella les quería mucho más que mucho, prefería a sus mamás. Por eso lo que más le gustaban eran las tardes, su paseo, su hora del baño, la cena y cuando le acostaban en su cuna.
– Vamos a tener que tener cuidado con las palabras que decimos delante de ella a partir de ahora Spence- señaló la morena comenzando a lavar el pelo de la pequeña con su champú especial de bebés una vez que estuvo completamente empapado. A pesar de que no picaba en los ojos en caso de contacto accidental Spencer se aseguró de que ni una sola gota de agua con jabón llegara a las inmediaciones de los ojitos de la niña. ¿Sobre protectora? Bah…lo justo.
– ¿Quieres decir que no podremos decir más palabrotas?- puso pucheros la rubia fingiendo estar completa y absolutamente decepcionada.
– Lo siento. Sabías que llegaría el día- le contestó la morena y luego se dejó besar por su chica para alegría de Abby que aplaudió torpemente ante aquel espectáculo. Le gustaba cuando sus mamás se daban besos, casi tanto como cuando se los daban a ella.

* * *

Buff…allí si se estaba bien. Limpita, con la tripita llena y siendo arropada por sus mamás en la cuna más cómoda del mundo entero. ¡Aquello si que era vida! Su mamá a su derecha y su mami a su izquierda y como aquella mañana se había acabado “La historia de amor más bonita del mundo” eso significaba…¡eso significaba que empezarían desde el principio otra vez! No se cansaría nunca de escuchar a su mami contarle ese cuento, lo contaba muy bien. También le gustaban los otros cuentos pero, sin duda, ese era su preferido. Y era divertido porque a veces cuando su mamá estaba presente le regañaba a su mami porque decía que así no era el cuento y le relevaba y era ella la que contaba un trozo. Para ser justas las dos sabían contar cuentos muy bien, la verdad, no sabría decidirse por una.
Siempre le entraba un poquito el sueño durante el cuento, ¡ella no quería!, pero sus ojitos le pesaban cada vez más y se estaba tan bien allí envuelta en sus mantitas…todas las veces se le acababa escapando algún que otro bostezo. Todas. Y era cuando ya estaba casi, casi dormida cuando sentía como sus mamás le daban un beso de buenas noches, uno o dos cada una, casi siempre dos y después le decían “Hasta mañana, Abby” y se marchaban dejándole la puerta entreabierta por si acaso les quería llamar. Y no creía que fuera a llamarlas, ella estaba muy ocupada durmiendo toda la noche de un tirón, pero les agradecía el detalle igualmente.
Otro día agotador…de verdad que si, se metió el pulgar en la boca y con un suspiro satisfecho se dejó llevar por el sueño.

* * *

Spencer observó a su chica desde la cama, en espera de que la morena se le uniera bajo las sábanas. Ashley estaba comprobando, una vez más, que tenía todos los documentos debidamente ordenados en su portafolios. Su chica era una abogada muy concienzuda.
Sonrió porque, una vez que dejaban a Abby dormida en su habitación, era su tiempo. Su tiempo y el de Ashley, era el momento en que hablaban de ellas, el tiempo en que toda su atención se centraba en Ashley y toda la atención de Ashley se centraba en ella. Y ambas adoraban a Abby, de verdad que si, le querían con toda el alma, pero también necesitaban como el respirar aquellos momentos en los que volvían a ser solo ellas. Ni “mamá” ni “mami”, solo Ashley y Spencer.
– Ash…vas comprobando esos papeles unas cinco veces. Relájate- sonrió acurrucándose en el lecho- Relájate y ven aquí- añadió dando unas palmaditas sobre el lado de la cama de la morena.
– No han sido cinco- se defendió la morena obedeciendo y colándose bajo las sábanas- Solo cuatro- matizó tras besarle fugazmente los labios.
– Han sido cinco Ashley, te has convertido en una abogada obsesiva. ¿Te imaginabas de pequeña que acabarías así? ¿Como una abogada obsesiva? ¿Eh?- le preguntó acercándose más a ella y devolviéndole su beso anterior.
– ¿Te imaginabas tu de pequeña que acabarías así? ¿Cómo la mujer de una abogada obsesiva? ¿Eh?- interrogó la morena a su vez.
– ¡Claro que no! De pequeña quería trabajar en el circo, ya lo sabes- se lo recordó y sonrió a la vez que su chica lo hacía.
– Nunca es tarde- señaló jugueteando con un mechón de pelo rubio entre sus dedos.
– Mmmm…no, me gusta mi vida tal y como es- decidió tomándola por la cintura y terminando con el poco espacio que separaba los cuerpos de ambas.
– A mi también me gusta mi vida tal y como es- admitió la morena acariciando el brazo de su chica distraídamente.
– ¿Te gusta mucho o poco?- quiso concretar Spencer.
– Me gusta regular- decidió Ashley.
– ¿Regular?- inquirió la rubia y vio que su mujer asentía con la cabeza reprimiendo una sonrisa.
Si. Ella se lo había buscado. Ashley sabía en lo que se estaba metiendo al dar aquella respuesta tan poco satisfactoria. No quedaba más remedio y solo había una posible vía de acción después de aquello. Ataque de cosquillas.
Adoraba escuchar a la morena reír mientras se retorcía, tratando de escapar de su castigo. Se reía descontroladamente y solo a veces, muy pocas veces, conseguía vocalizar un “¡Spence, para!” o un “¡En serio para!”. Tenían veinticinco años, camino de los veintiséis y una hija durmiendo apaciblemente en la habitación contigua, pero cuando ambas estaban así, muriéndose de la risa, sin parar hasta que les dolía la tripa, cuando Ashley y ella estaban así volvían a tener siete y ninguna preocupación en el mundo. De verdad. Le encantaba poder sentirse de ese modo, que su mujer continuara haciéndoselo sentir veinte años después de su primer encuentro. Le encantaba saber que iba a seguir sintiéndose de esa forma para siempre. Estaba segura. Mientras que Ashley continuara riendo así ella estaba segura.
Un “¡Spencer, ya, ya, por favor, ya!” y se apiadó de ella y de su cara sonrojada y de sus ojos suplicantes y sabía que su cara también debía estar sonrojada y sus ojos chispeantes. Su respiración era igual de rápida y superficial que la de la morena, eso seguro. Uff…reírse de ese modo cansa. Cansa mucho. Ashley le estaba sonriendo, había escapado a su lado de la cama en cuanto tuvo oportunidad pero le estaba sonriendo de aquella forma. Esa sonrisa de Ashley debería ser considerada patrimonio de la humanidad o algo. Asi que las dos estaban sonriéndose mucho, faltas de aires, cada una en su extremo del colchón, mirándose y diciéndose sin palabras “Tú eres lo mejor de mi vida. Tú”. A veces se miraban y se lo decían sin hablar. A veces se miraban y se lo gritaban en silencio, como cuando sus ojos se encontraban mientras estaban haciendo el amor. Uff…a veces sus miradas lo gritaban muy, muy alto.
“Ven aquí”, esta vez Ashley lo había dicho de viva voz y ya se acercaba a ella para que sus cuerpos se encontrasen en mitad de la cama. Iban a necesitar el espacio. Al segundo siguiente los labios de la morena se encontraban con los suyos y no sabía cuantas veces le habría besado Ashley antes, miles de millones al cuadrado probablemente, pero es que seguía siendo igual de increíble que al principio y ella también le besó. A juzgar por su suave gemido también para Ashley continuaba siendo igual de increíble y eso lo hacía más increíble todavía. Escuchó un suave “Te quiero, ¿lo sabes?” respirado sobre su boca y sonrió respondiendo “Yo te quiero también” antes de atrapar de nuevo los labios de su mujer con más fuerza que la vez anterior. Habían hecho el amor, muchas, muchas, muchas, muchas, MUCHAS veces antes, pero ella aún se estremecía con la primera caricia que la mano de Ashley le regalaba por debajo de su camiseta, su respiración siempre se cortaba cuando sentía los labios de su chica pasearse por su cuello. Ashley y ella no se gastaban. Once años juntas. Once.
Conocía el cuerpo de la morena mejor que el suyo, lo había recorrido de arriba abajo y de abajo a arriba en más ocasiones de las que se podían contar y aún seguía deseándolo con todas sus fuerzas. Siempre necesitaba recorrerlo una vez más. Siempre una vez más. Era adicta a sus curvas, a cada milímetro cuadrado de la piel de Ashley Davies. Adicta a su tacto y adicta a sus gemidos, a sus jadeos. Adicta a hacerle llegar con su nombre en los labios. Adicta de verdad a todo aquello que las dos habían descubierto juntas por primera vez hacía ya diez años.
Y Ashley le respondía del mismo modo, porque también ella era adicta.
Compartieron besos, caricias y gemidos y olvidaron todo lo demás mientras deshacían la cama. Luego Ashley escondió la cara en su cuello, y ella sintió su cálida respiración chocar sobre su piel. Se acurrucó contra su chica y dedicó unos minutos a recuperar el control sobre su cuerpo, Ashley se lo hacía perder cada vez. Al principio las dos se mantuvieron inmóviles, la una junto a la otra en un cómodo silencio. Después los labios de Ashley rozaron su cuello y ella le devolvió el contacto en forma de beso sobre su hombro desnudo.
– Voy a escribirlo en el cuaderno. El día de hoy- decidió Spencer y se encontró con los ojos de Ashley cuando su chica le miró al escucharle. Estaba sonriendo.
– Deberías cambiarle el título Spence. “La historia de amor más bonita del mundo” es demasiado cursi- le informó- Incluso para mí- le dio más énfasis.
– ¿Incluso para ti? Wow…- le picó la rubia y sonrió al sentir un mordisquito en su cuello- A Abby le gusta esa historia- señaló.
– A mi también- admitió la morena.
Y a ella. A ella también le gustaba mucho. Muchas veces se imaginaba cual sería el siguiente capítulo, el siguiente recuerdo de esos que no se borran, de esos que sabes que quieres guardar para siempre. Y por un momento pareció que Ashley supo lo que estaba pensando porque se lo preguntó.
– ¿Qué te gustaría que pasara en el siguiente capítulo?- curioseó y había luna llena, su luz se colaba por la ventana y por eso Spencer pudo distinguir en los ojos de su chica que ella ya sabía lo que quería que sucediera. Ashley ya tenía el siguiente capítulo en mente.
Sonrió ante la pregunta, probablemente era el mismo deseo para ambas porque lo habían hablado antes y siempre habían dicho que no querían que sus hijos se llevaran demasiados años de diferencia. Tres como máximo.
– Ya sabes lo que me gustaría que pasara- admitió besándola fugazmente- Lo mismo que a ti- matizó. Ashley sonrió.
– ¿Tú embarazada?- probó suerte.
– Tú embarazada- fue reticente Spencer.
– Te toca a ti- se lo recordó la morena depositando un beso en la punta de su nariz.
– ¿Nos cuidarás tan bien como yo os cuidé a ti y a Abby?- quiso asegurarse la rubia a pesar de que ya conocía la respuesta.
– ¿Lo dudas?- frunció el ceño ofendida pero Spencer le besó y se le pasó la ofensa en cuestión de segundos- Quiero verlo- pidió de pronto.
– No. Es tarde Ash- le abrazó Spencer con más fuerza para impedir que la morena se levantara a cogerlo por si misma.
– Nunca es tarde para “La historia de amor más bonita del mundo”- lo negó su mujer- ¡No quieres que la veamos porque te da vergüenza verte de pequeña!- le acusó.
Si. Era cierto. Le había parecido una buena idea el buscar fotos que ilustraran cada capítulo de su historia con Ashley, pero odiaba verse de pequeña, a su chica en cambio le encantaba y soltaba “awwwws” y “ohhhhhhs” con cada instantánea.
Se negó cinco veces. Ashley insistió seis y ganó. Ashley siempre ganaba. Encendió la luz y recuperó el cuaderno y cuando la morena se abrazó a ella por la cintura apoyando la cabeza sobre su hombro y asomándose a la primera página, la escuchó soltar una risita y decidió que no solo ganaba Ashley, ganaban las dos.
A veces hacían aquello, mirar una vez más esas fotos viejas, de cuando ambas ya deseaban estar juntas para siempre sin saber que lo estarían. De cuando ni siquiera sabían leer. Besó el pelo de su mujer antes de centrar su atención en lo que tenían entre manos. Fotos. Palabras. Recuerdos. Recuerdos de esos que no se borran. De esos que quieres que duren una vida entera.

Una fotografía de dos niñas en una clase de infantil. La niña morena sonreía ampliamente a la cámara y sus dientecillos estaban ligeramente manchados de chocolate. Era culpa de las deliciosas galletas que llevaba cada día para los recreos, para asegurarse la amistad de la niña rubia que también sonreía a su lado y a la que aquellas deliciosas galletas habían dejado de importarle hacía tiempo.

Ashley y Spencer. Spencer y Ashley. Porque había sido así desde el principio.

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