Capítulo 02. Seis años.

Ashley podía conseguir de ella todo lo que quisiera. Todo. Cualquier cosa. Era el único ser humano sobre la faz de la tierra que podía lograr que hiciera cosas que en realidad no quería hacer. Cosas aburridas, cosas asquerosas, cosas increíblemente estúpidas. Todo tipo de cosas, Ashley se salía con la suya una y otra vez y ella le seguía a ciegas. Y había sido así desde la primera vez que le había puesto pucheros y le había mirado de aquella forma. Desde entonces caía sin remedio.
Haría cualquier cosa por ella y no podía imaginarse como habría sido su vida si aquel primer día no hubiera estado tan ansiosa por probar las galletas de la niña nueva que hablaba raro. Daba gracias a dios por aquel primer día cada vez que Ashley le sonreía, cada vez que Ashley le besaba, cada vez que la veía absorta en algún programa de la televisión o con el ceño fruncido leyendo un libro. Respirar, era todo lo que Ashley tenía que hacer para que ella diera gracias una y mil veces por que una inteligencia superior la había cruzado en su camino hacía veinte años. A Ashley Davies. La misma Ashley Davies que había llorado amargamente porque un par de semanas después de haberse conocido su mamá le había cambiado el almuerzo y ya no tenía las galletas deliciosas y pensó que eso significaba que dejarían de ser mejores amigas. Y lo hubiera significado en condiciones normales, pero con Ashley nada era normal. Y aquel día a Spencer podían haberle ofrecido miles de millones de kilos de galletas deliciosas o helados gratis para el resto de su vida, aquel día podían haberle ofrecido el mundo en bandeja y nada, nada, hubiera podido hacer que lo intercambiara por su amistad con Ashley. Nada.
Inseparables, así habían sido desde entonces. Siempre una en la casa de la otra o las dos explorando los alrededores porque Glenn les había dicho que en el bosque cerca de su casa había duendes verdes. Los fines de semana siempre tenían algo que hacer, a Ashley siempre se le ocurría algo por lo que debían verse. ¿Dos días separadas? ¡Ni hablar! Lloraban, pataleaban y aguantaban la respiración hasta ponerse azules. Lo que hiciera falta para que sus padres cedieran a llevarlas a la casa de la otra. Y casi siempre lo conseguían. Eran muy persuasivas, sobre todo Ashley.
Su amistad era cada vez más fuerte y mucho más profunda. Todo lo profunda que podía ser la amistad entre niñas de cinco años. Y soñaban con el día en que cumplieran los siete porque Glenn tenía siete años y sus papás le dejaban irse con sus amigos con la bicicleta. Eso significaba que podrían verse siempre que quisieran, porque sus casas no estaban muy lejos. Y aunque lo estuvieran, Spencer hubiera pedaleado hasta el fin del mundo.

Ashley y Spencer a los seis años

¡Viernes! ¡Viernes por fin! Y no era un viernes cualquiera, sus papás le habían dejado pasar el fin de semana en casa de Ashley. La pequeña Spencer pegó su cara y sus manos a la ventanilla del coche en cuanto divisó la silueta de la casa de su mejor amiga. Fue totalmente involuntario pero una risita impaciente escapó de sus labios y esto llamó la atención de su mamá.
– Spencer- escuchó que le llamaba Paula volviéndose ligeramente en el asiento del copiloto- Espero que recuerdes lo que me has prometido- señaló.
– Si, me acuerdo- sacudió la cabeza la pequeña- Me voy a portar bien- aseguró.
– Espero que Christine no tenga que llamarme- advirtió de nuevo colocándose bien en su asiento.
¡Que poca fe en el género humano mamá! Spencer miro el respaldo del asiento por unos segundos, pensativa. Si tenía que decir la verdad no podía asegurar que Christine no tuviera que llamar a Paula…¡a veces las cosas escapaban de su control! Y más cuando Ashley y ellas estaban juntas. ¿Quién iba a pensar que tener una mejor amiga resultaba ser tan divertido? A lo mejor era divertido porque su mejor amiga era Ashley…porque no le parecería nada divertido si su mejor amiga fuera Ronda, por ejemplo. Buff Ronda…clase de primaria y aún mezclando la plastilina. ¡Crece de una vez!
Una sonrisa enorme apareció en su cara cuando localizó a Ashley saludándola desde el porche de su casa, su amiga le había dicho que iba a esperarle fuera pero no le había creído porque hacía un poco de frío. Cuando Arthur acercó más el coche Spencer pudo ver que la punta de la nariz de la morena estaba un poco roja mientras Ashley daba pequeños saltitos impaciente por tener a su mejor amiga junto a ella. Spencer le saludó con la mano tratando de soltarse el cinturón y saltar del coche en marcha pero…¡maldita sea!, aquellas cosas eran a prueba de niños…Paula y Arthur sabían lo que se hacían. Tendría que esperar…
* * *

“Portate bien”, “Que no me entere yo que has desobedecido a Raife y a Christine”, “Hazles caso en todo lo que te digan”. Un beso. Dos besos. Tres besos. ¡Mamá! Es la casa de Ashley, no voy a estar esquivando balas ni nada de eso…Buff…amor de madre.
Por fin Ashley y ella despidieron el coche de los Carlin con Christine en la retaguardia. Cuando el vehículo se perdió de vista la madre de Ashley les guió al interior de la casa y las dos subieron a la velocidad de la luz a la habitación de la morena. Spencer dejó la mochila que Paula le había preparado sobre la cama de su amiga.
– Tenemos que ir ahora Spence…enseguida se va a hacer de noche- dijo la morena mientras su vista se perdía por la ventana.
La pequeña rubia corrió a su lado pegándose al cristal también.
– Pero…¿seguro que lo has oído?- frunció el ceño mirando de reojo a la morena.
– Seguro. Lo he oído tres días seguidos. ¿Tienes miedo?- inquirió en tono serio.
– ¡Claro que no!- lo negó la rubia a pesar de ser la mentira más grande que había contado jamás.
– Vale. Yo si. Entonces tu irás primero- decidió Ashley caminando hacia la puerta- ¡Vamos!- le exigió y Spencer tuvo que seguirla tragando saliva. Ashley conseguía de ella todo lo que quería.
Bajaron al piso inferior y le dijeron a Christine que iban a jugar en el jardín. La mujer se aseguró de que fueran correctamente abrigadas y les hizo prometer que no abandonarían el recinto. Wow Ashley sabía mentir muy bien…
Salieron al exterior y Spencer observó a su amiga mientras esta miraba a un lado y a otro.
– Ayer lo oí por allí- señaló un lugar a su derecha.
– Pero…¿que es?- inquirió la rubia siguiéndola.
– No lo sé…pero gruñe- le informó.
– ¿Gruñe?- trató de mantener su voz firme.
– Si. Así…Grrrrrrr. Grrrrrr- le hizo una demostración parando cuando llegaron al límite del jardín de la casa de los Davies.
La verja no era muy alta y la morena le cedió el turno a Spencer. Había dicho que no tenía miedo asi que no le importaría saltar primero hacia lo desconocido. A pesar de que si que le importaba, Spencer no pudo decepcionar a su mejor amiga. Ya había dicho que no le daba miedo la criatura extraña que gruñía por las cercanías de su casa, no podía echarse atrás en aquellos momentos. Segundos después Ashley estaba con ella al otro lado de la verja. Madre mía…esperaba que a Christine no le diera por salir a buscarlas en un rato.
Caminaron durante unos minutos, sin alejarse demasiado de la verja, Ashley decía que siempre había oído el ruido cerca. Evidentemente Spencer iba primero y sentía como la morena se aferraba con fuerza a la espalda de su abrigo, podía escuchar su respiración muy cerca de su oído. Bah…Ashley era una miedica. ¡Vale! Ella también, pero al menos no lo decía. De pronto Spencer pudo escuchar el sonido que tantas veces le había descrito la morena en los ultimos días. No era tan escalofriante como se había imaginado…su amiga era un pelín exagerada. Pero aún así…¿que demonios hacía ese sonido?
– ¿Lo oyes?- le preguntó Ashley en un susurro.
– Aja-asintió la rubia intentando orientarse.
De pronto escucharon algo moverse entre la maleza y los pequeños puños de Ashley apretaron aún más el abrigo de Spencer. Las dos pequeñas estaban completamente quietas y respirando muy, muy deprisa. ¿Y si era un lobo? ¿O un oso? O… ¡Oh Santa Madre de Dios! Las dos dieron un grito y un bote tan grande al verlo aparecer entre las hierbas que terminaron de culo en el suelo. Sus corazoncitos latiendo a toda velocidad. Era…un perro.
– ¡Es un perrito!- exclamó Ashley recuperándose rápidamente e incorporándose mientras Spencer aún esperaba a que su cuerpo decidiera si iba a desmayarse o no- Hola perrito…-saludó al animal que parecía muy contento de verla a pesar de no conocerla de nada- Spencer…es un perrito- le informó a su amiga como si ella no pudiera verlo con sus propios ojos.
El animal abandonó el lado de la morena y se acercó a Spencer tratando de chuparle la cara, la rubia salió del shock para impedir que lo hiciera mientras reía aliviada por no haber sido devorada por un oso o por un lobo.

* * *

Habían intentado colar a Skippy dentro de la casa de Ashley sin que Christine se percatara de nada pero les había pillado nada más entrar por la puerta, las madres es que tienen un sexto o un séptimo sentido para esas cosas y nada, nada, les pasa desapercibido. En un principio les había ordenado que se deshicieran de Skippy pero Ashley se había puesto a llorar como nunca jamás la había visto llorar antes. Ni siquiera cuando los niños de clase se burlaban de lo raro que hablaba. Aquellas si que eran lágrimas de verdad. Si, señor. Como resultado Christine se había comprometido a consultarlo con Raife cuando este llegara a casa por la noche. De momento el perrito se quedaba en el garaje. Milagrosamente y en cuanto Christine se perdió de vista, las lágrimas de Ashley desaparecieron tan rápido como habían aparecido y fueron sustituidas por una enorme sonrisa de satisfacción. Wow…¡que maestría en el campo del chantaje emocional! ¡Tenía tanto que aprender de Ashley aún! El perrito se quedaba, tan seguro como que el sol saldría al día siguiente. Raife Davies no sabía decirle que no a su única hija, Spencer no podía reprochárselo, Ashley sabía poner una carita de pena que era irresistible. Ponía un poco de pucheros y se metía a quien fuera en el bolsillo. Incluida a ella.
Resultó que Raife iba a llegar tarde aquella noche y ellas dos tuvieron que irse a la cama a regañadientes. Spencer estaba muy emocionada porque era la primera vez que iba a dormir fuera de su casa. En otra cama. En la cama de Ashley. En la gigantesca cama de Ashley. En la gigantesca y extremadamente blandita cama de Ashley. Era como dormir en una nube. Al menos eso decía la morena y ella se burlaba al escucharla porque…¿hola?, nadie sabe como es dormir en una nube ¿no? ¿A quien quieres engañar morenita?
Spencer urgó en su mochila hasta localizar su pijama y lo dejó sobre la cama. Frunció el ceño al escuchar la estridente risa de Ashley. Esa que utilizaba solo para burlarse de ella.
– ¡Que pijama más feo!- rió la morena dejándose caer sobre la cama sujetándose la tripa con los brazos.
– No es feo. ¡Tu eres fea!- se molestó Spencer mirando su pijama de ositos.
– No. ¡Tu eres fea!- rebatió Ashley sentándose en la cama.
– ¡Yo seré fea pero tu eres más fea que yo!- le chinchó Spencer- Es imposible ser más fea que tu- añadió.
– ¿Y Ronda?- frunció el ceño Ashley.
– Ah si…Ronda es más fea que tu…-tuvo que reconocer la rubia y las dos se rieron tras un momento de silencio- Enséñame tu pijama- le pidió y Ashley gateó hasta la cabecera de su cama y lo sacó de debajo de la almohada.
– Me lo regalo mi abuela…¿te gusta? Tiene gatitos ¿ves?- indicó acercándoselo para que pudiera apreciar los dibujos. Lo puso tan cerca de su cara que obligó a la rubia a retroceder riendo.
– Seguro que a Skippy no le gustan los gatitos- opinó Spencer.
– Seguro que no- estuvo de acuerdo la morena.
Se lavaron los dientes de puntillas frente al lavabo poniéndose caras raras en el espejo y riéndose la una de los gestos de la otra. Cuando terminaron Ashley salió disparada hacia su cama saltando sobre ella y gateando rápidamente hacia la cabecera, retiró las sábanas y se coló dentro.
– Te dejo que elijas el lado que quieras- le dijo a su amiga que le miraba de pie a los pies de la cama.
– ¿El que yo quiera?
– Si, eres la invitada- explicó esperando que Spencer decidiera cual era su lado favorito.
– ¡Vale!- exclamó alegremente saltando sobre el colchón y gateando hasta colocarse a la izquierda de Ashley. Se tumbó boca arriba mirando el techo y la morena le miró frunciendo el ceño, parecía estar meditando.
– ¿Qué estás haciendo?- inquirió.
– Pensar que lado me gusta más- explicó la pequeña rubia como si fuera obvio.
Se incorporó pasando sobre Ashley provocando sus protestas enmascaradas por risas por su brusquedad, y se acomodó a su derecha mirando el techo de nuevo.
– ¿Cuál te gusta más?- quiso saber la pequeña morena.
– Mmmm…me gustan igual de mucho- decidió colándose entre las sábanas- Es verdad que es como dormir en una nube- sonrió acomodándose sobre la almohada.
– ¡Te lo dije!- le recordó Ashley volviéndose de lado para poder mirar a su amiga. Spencer hizo lo mismo- Pero tienes que tener mucho cuidado- le dijo en un susurró. Y el ceño de Spencer se frunció ante el tono utilizado por la morena.
– ¿Por qué?- temió preguntar también en voz muy baja.
– Porque creo que hay monstruos debajo de la cama- le reveló- Tienes que taparte mucho con las sábanas para que no te cojan…-le dio instrucciones- Hasta la barbilla. Así- le hizo una demostración.
– Pero por las noches me destapo porque me muevo mucho…-señaló Spencer realmente preocupada por la posibilidad de que las palabras de Ashley fueran ciertas.
– Entonces se te llevaran los monstruos- se encogió de hombros la morena.
– ¡Ashley! ¡No quiero que se me lleven los monstruos!- exclamó acercándose más a su amiga.
– Pues no te destapes- le dio la solución.
– No me gusta dormir en tu casa- le informó y la morena sonrió al verla tan asustada.
– Pensaba que Spencer Carlin no le tenía miedo a nada- se burló y la rubia le miró molesta.
– ¿Te lo has inventado?-inquirió.
– Si- soltó una risita Ashley- Y tú te lo has creído- le acusó- No hay monstruos tonta, los monstruos no existen- le informó.
– ¿Y como lo sabes que no existen?- desconfió Spencer.
– Me lo ha dicho mi papá- reveló la fuente de su sabiduría.
– Ah…-pareció quedarse más tranquila la rubia. Raife Davies parecía ser un hombre listo, si él decía que los monstruos no existían seguramente tenía razón.
– Además no dejaría que los monstruos se te llevaran, eres mi mejor amiga, tengo que defenderte- le recordó.
– ¿Las mejores amigas tienen que defenderse de los monstruos también?- frunció el ceño la rubia. Ella no sabía nada de eso, se lo hubiera pensado mucho más de haberlo sabido.
– Claro que si. Tu me tienes que defender a mi y yo te tengo que defender a ti. De todo- puso en claro Ashley- Siempre- matizó.
– ¿Siempre?- inquirió.
– Siempre- repitió la morena seriamente.
– ¿Y de todo?- preguntó. ¡Cuanta responsabilidad! Ella solamente había querido comerse aquellas deliciosas galletas…madre mía.
– Si, de todo- confirmó.
Spencer no contestó nada y Ashley ya había cerrado los ojos dispuesta a dormirse de modo que continuó en silencio, mirando a su amiga y pensando en lo que le había dicho. Y llegó a una conclusión, llegó a la conclusión de que defendería a Ashley incluso en el caso de que aquello no entrara dentro de sus deberes como mejor amiga. No podía dejar que le sucediera nada. ¿Con quien buscaría caracoles? ¿Con quien diseñaría planes altamente sofisticados para robar las chocolatinas que su madre escondía en el armario más alto de la cocina? ¿Con quien se reiría hasta que le doliese la tripa porque a su vecino se le bajaban los pantalones al agacharse cuando arreglaba su jardín y se le veía un poco el culo?
Christine entró poco después para comprobar que todo estuviera en orden y besó a las dos niñas en la frente al encontrárselas metidas dentro de la cama ya. Les dio las buenas noches a ambas antes de salir entornando la puerta.
Spencer cogió la mano de su amiga en cuanto las tinieblas invadieron el cuarto de nuevo y vio que Ashley sonreía sin abrir los ojos.
– Te he dicho que no hay monstruos Spencer- musitó ahogando un bostezo.
– Me da igual, si es mentira y me llevan, tu te vendrás conmigo- señaló apretando su pequeña manita.
Ashley se limitó a devolverle el apretón. Y Spencer cerró los ojos más tranquila. No le daba tanto miedo la perspectiva de vivir entre monstruos si Ashley iba a estar con ella.

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