Capítulo 18. Veintidós años.

El ultimo año de universidad de Ashley pasó muchísimo más despacio que los tres anteriores. Al menos eso les pareció a ambas. Tal vez fue porque estaban deseando que acabase de una vez porque eso significaba que la morena volvía a su pequeña ciudad. Volvía para quedarse. ¡Para quedarse!
Ashley se había sacado derecho con unas notas increíbles y por supuesto que recibió ofertas de todo tipo. Spencer sabía que sucedería algo así. Eso le pasaba por enamorarse de la cerebrito de su mejor amiga. Mantuvieron charlas largas, eternas incluso, sobre lo que Ashley debería hacer, sobre lo que la morena quería hacer con su vida y en todo momento intentó pensar y aconsejarle como una amiga que quería lo mejor para ella y no como su novia que estaba deseando que lo dejara todo por regresar a su lado y vivir para siempre juntas en su pequeña ciudad. Tener hijos, tal vez perros, una cabaña en un árbol…Había hecho lo imposible por no interferir en las decisiones de la morena, por no comportarse egoístamente y creía que en menor o en mayor medida lo había conseguido. Ashley se lo había pensado, aunque en el fondo la morena también sabía que no había mucho que pensar. Lo que quería, lo que siempre había querido estaba más que claro…no necesitaba introspecciones profundas para descubrirlo. Eligió lo único que podía elegir. Regresar. Y no “regresar a su ciudad”, su ciudad era algo secundario. Eligió regresar a Spencer. Si su chica hubiese estado viviendo en Alaska, se hubiera comprado un abrigo de plumas increíblemente gordo e increíblemente calentito y se hubiera metido en el primer avión disponible.
Y de repente el malhumor que había caracterizado a la rubia durante los últimos meses en los que Ashley y ella habían peleado más que en toda su vida desapareció por arte de magia y empezó a ser amable incluso con Glenn. Se levantaba por las mañanas y tachaba un día más en el calendario. Un día menos de los que Ashley no estaba allí con ella y luego iba al taller silbando alegremente o incluso tarareando alguna cancioncilla que acababa de escuchar en la radio, y repartía sonrisas y “Buenos días” sin ton ni son. Tanto buen humor se debía sobre todo a la vuelta inminente de Ashley, pero también a que su chica y ella habían dejado de pelearse con tanta frecuencia. Lo peor había pasado. Había pasado y seguían juntas.
¡Y por fin había llegado el día que llevaba esperando desde los dieciocho! Ashley volvía a su pequeña ciudad. ¡Volvía para siempre! Todo el miedo que había sentido aquel primer año de universidad de su chica, pensando que tal vez Ashley decidiera que quería unirse a Green Peace y salvar el planeta, todo ese miedo había resultado ser infundado porque Ashley continuaba queriendo vivir allí con ella y comprarse una casa a las afueras, tener hijos y construir una cabaña en un árbol. Ashley continuaba queriéndole a ella y era estúpido el pensar que aquello podía cambiar. Iba a empezar un período de prácticas en la única firma de abogados de la localidad, tres meses de prácticas y, si todo iba a bien, sería la sustituta permanente de uno de los socios que se jubilaba aquel mismo año.
Y había sido genial que la morena se trasladara a su piso y ahora era más genial aún porque iba a estar ahí siempre y no solo los fines de semana y en vacaciones.
El día en que Ashley regresó de la universidad para instalarse permanentemente en su piso era otro de sus recuerdos favoritos, y no solo por lo obvio: Ashley volvía para siempre, sino también porque no fue solo “el día en que Ashley regresó de la universidad”.

Ashley y Spencer a los veintidós años

Ella no quería decir nada pero…¿de verdad Ashley necesitaba tantísimas cosas para vivir? En serio…el piso estaba completamente invadido por sus cajas. Cada una con su correspondiente inscripción revelando su contenido. “Ropa de Ashley”, “Libros de Ashley”, “Discos de Ashley”, “Dvd´s de Ashley”. Ya le había dicho a su chica que no era necesario el “de Ashley” ya que nadie más se estaba mudando a su piso, sabían que todo era de Ashley. Pero a ella le debía gustar escribir su nombre con aquel rotulador negro porque había continuado especificándolo de todas formas.
A las cajas provenientes de la habitación de la residencia de Columbus se unían en aquellos momentos más y más que salían sin parar de la casa de los Davies. Su traslado era definitivo y Christine les miraba como si con cada caja se llevaran un pedacito de su alma. De verdad que si. Madre mía. Ashley llevaba sin vivir en aquella casa una eternidad, pero de alguna forma, que aún hubiera cosas suyas allí reconfortaba a su madre. Pobre Christine, el síndrome del nido vacío le estaba golpeando con bastante fuerza.
La última caja y Christine sacó un kleenex del bolsillo de sus pantalones mientras observaba desde el marco de la puerta como Raife les ayudaba a ambas a acomodar las cosas de Ashley en el maletero del coche. Menuda mujer más dramática. No se iban al otro lado del mundo, solo al otro lado de la ciudad. Y era una ciudad pequeña. Spencer tampoco podía criticar mucho a la madre de su chica, Paula había estado peligrosamente cerca de la deshidratación más absoluta por todo lo que había llorado el día que ella se trasladó a su nuevo piso. Buff…madres.
– Bien cielo, creo que esa era la última caja- le dijo Raife a Ashley mientras la tomaba por los hombros y besaba su pelo. A Raife también le había afectado su marcha. Era la niñita de sus ojos después de todo, en cuestión de segundos seguro que le pedía a su mujer un pañuelo- Sabes que esta siempre va a ser tu casa ¿verdad?
Ashley le miró con una sonrisa adorable, como todas las suyas, y le golpeó ligeramente el estómago.
– Eso lo dicen en las películas papá- indicó y Raife le abrazó sonriendo.
– Puede, pero sigue siendo verdad- aseguró frotando su espalda.
– Ya lo sé- admitió la morena devolviéndole el abrazo.
Siempre se había sentido extremadamente segura entre los brazos de su padre. Y por un momento le dio un poco de pena la perspectiva de abandonar del todo la casa de sus progenitores. Solo por un momento porque después recordó que se iba con Spencer y en los brazos de Spencer seguía sintiéndose increíblemente segura y siempre había sido así.
Antes incluso de que Raife retirara los brazos del todo del cuerpo de su hija Christine estaba allí estrujándole como solo una madre sabe hacerlo y besando su pelo repetidamente mientras le pedía que comiera bien, muchas verduras y mucho pescado azul porque era bueno para el colesterol. Entre tanto Spencer les miraba con una sonrisa, apoyada en el lateral del coche de la morena. Vio a su chica devolverle el estrujamiento a su madre y negó para sus adentros. Puff…hijos únicos, menudos mimados.
Para finalizar aquella dramática escena Christine se separó un poco de su hija, tomó su cara entre las manos y le hizo prometerle que ambas irían a comer al día siguiente. Luego la miró detenidamente, como si en vez de a una calle a diez minutos de distancia fuera a marcharse al Congo Belga, retiró un mechón de pelo rebelde de su frente y depositó un beso allí. Ashley le sonrió antes de despedirse con un “hasta mañana mamá” y se encaminó hacia ella. Porque se iba con ella, a vivir con ella muy definitivamente. Al llegar a su altura besó su mejilla como distracción a la vez que le quitaba las llaves del coche de la mano y le dijo “Conduces como mi abuela” para justificar el porque no podía manejar ella el vehículo hasta su casa. ¡Já! ¿Cómo su abuela? Si su abuela conducía increíble, absoluta y completamente a la perfección tal vez si…Dejó escapar un bufido incrédulo pero le obedeció de todas formas y se despidió de los Davies antes de acomodarse en el asiento del copiloto. Wow…Raife había colocado un brazo protector sobre los hombros de Christine y ambos les miraban con cara de perritos abandonados. El rostro de la madre de Ashley parcialmente oculto detrás del kleenex. Madre mía.
Cuando Ashley arrancó y el vehículo comenzó a alejarse de allí Christine les gritó algo y, ella no estaba segura de haberlo oído bien por el sonido del motor del coche, pero le sonó parecido a “¡Muchas verduras y pescado azul!”.

* * *

Ya era de noche, habían cenado hacía un rato y en esos momentos continuaban sacando cosas de Ashley de las múltiples cajas desperdigadas por todo el piso. Spencer vaciaba una muy misteriosa en la habitación de ambas.“Cosas de Ashley”. Eso ponía, nada específico. Había sacado algunos muñecos de peluche y revistas y de repente se encontró con algo en el fondo de la caja y su boca se abrió de par en par por la sorpresa. No era posible…
– Ash…-llamó a su chica que se encontraba recorriendo la casa colocando cosas aquí y allá.
– ¿Qué?- contestó la chica desde un punto indeterminado.
– ¿Puedes venir un momento?- le pidió aún observando con una media sonrisa lo que sujetaban sus manos. La escuchó entrar a sus espaldas y acercarse a ella.
– ¿Qué pasa?- preguntó abrazándole por el cuello.
– ¿Qué es esto?- le devolvió la pregunta y le escuchó soltar una risita divertida junto a su oído. Ella sonrió.
– Es tu obra de arte- indicó depositando un beso en su mejilla y haciéndose con el folio cruzado por varias rallas negras. Aquel que Spencer le había regalado diecisiete años atrás el día en que ambas se conocieron y se hicieron mejores amigas.
– Son unas rallas negras Ashley- le abrió los ojos la rubia.
– No. Es el primer regalo que me hizo mi mejor amiga- le corrigió su chica.
– Pensaba que lo tiraste a los siete cuando re decoramos nuestras habitaciones para que parecieran el fondo del mar- admitió observando a su novia que en aquellos momentos revolvía las profundidades de aquella caja. .
A los siete años se habían pasado una tarde entera en la habitación de Ashley dibujando y pintando peces y estrellas de mar y conchas para colgarlos de las paredes de sus cuartos. Se les ocurrió también que podrían llenar el suelo de arena, para que quedara más realista, pero sus padres no les dejaron…menudos aguafiestas.
– No lo tiré, tonta. Lo guardé- explicó.
– ¿Por qué?- sonrió Spencer y Ashley dejó de rebuscar en la caja para mirarle antes de responderle como si aquella razón fuera la más obvia del mundo entero.
– Porque me lo regalaste tú.
Awwwww…pero que increíblemente sensiblona y cursi era su novia. De verdad que si. Se inclinó hacia ella y le besó sin más. Le encantaba poder hacer aquello en cualquier momento, sin necesitar un motivo, simplemente poder besarla porque si, porque le apetecía, porque le daba la gana. O porque lo necesitaba como el respirar algunas veces.
– Me obligaste a dibujarlo y a dártelo. Eras una niña muy mandona- le dijo apenas apartándose de sus labios y sintió como sonreía al oírle- Siempre has sabido como salirte con la tuya ¿eh Davies?
– No me salgo siempre con la mía- rebatió ella besándole fugazmente de nuevo y de repente el gesto de su cara cambió por completo- ¡Es muy tarde Spencer!- exclamó levantándose del suelo- Venga tu vete haciendo las palomitas. Yo voy a buscar la película- repartió las tareas mientras ella ya abandonaba la habitación.
Spencer le siguió hasta el salón y sonrió al verla recorriendo con la vista las estanterías donde guardaban sus películas. Era su pequeño videoclub dentro de casa. Con la caja llena de dvd´s que Ashley había trasladado aquella tarde la colección se había ampliado considerablemente. Uh, uh…su chica fruncía el ceño.
– ¡Spencer! ¿Por qué has vuelto a desordenarlas todas?- protestó mirándole molesta.
– No están desordenadas. Las he organizado por género y dentro de cada género alfabéticamente- volvió a explicarle pacientemente.
Todos los fines de semana que Ashley estaba allí ordenaba sus dvd´s alfabéticamente, mezclando sin ningún cargo de conciencia las comedias y los dramas, el cine de terror y los thrillers, y en cuanto se marchaba ella volvía a reorganizarlos como el Señor había dispuesto que estuvieran ordenados: por géneros.
– ¡Están desordenadas Spencer! ¿Y si lo que tu consideras una película de suspense yo lo considero un thriller?¿O lo que tu llamas comedia es un drama?- le preguntó.
– Ashley…
– ¡Y no vuelvas a decir que el Señor “dispuso” que tenían que ordenarse así!- le pidió antes de que ella pudiera seguir.
– ¡Pero es cierto! En el Génesis se puede leer: “Y el tercer día ordenó sus dvd´s por género y vio que era bueno…”- citó pero antes de que hubiese terminado siquiera de hablar un cojín se estrelló contra su cara.
Uhhhh…aquella morenita no sabía con quien se la estaba jugando. Bueno, claro que lo sabía, pero parecía darle igual. Llevaba diecisiete años haciendo lo mismo. Se hizo con el cojín, recogiéndolo del suelo y le devolvió el ataque. En pocos segundos las risas de ambas inundaban el salón mientras se golpeaban sin piedad con los cojines del sofá. ¿Demasiado mayores para continuar disputando guerras de cojines? No. Nunca se es demasiado mayor para las guerras de cojines.
Como siempre terminaba pasando, Spencer acabó sobre Ashley en el sofá exigiéndole que se rindiese y, también como siempre, la morena le miró con ese gesto cabezota que ponía ella negándose en rotundo a hacer tal cosa.
Al final, y como llevaba pasando ocho años, la guerra de cojines se convirtió en una sesión de besos que se prolongó varios minutos. Cuando Ashley se separó de los labios de Spencer le acarició el pelo mirándole de una forma que, personalmente a ella, le derretía por dentro y le dijo:
– Venga, haz las palomitas. Ya las ordenaremos otra vez mañana.
Volvió a besarle fugazmente y se levantó en busca de la película que había decidido que verían aquella noche.
Ahí la tienes. La señorita Ashley “no me salgo siempre con la mía” Davies.

* * *

Y las cosas eran tan como siempre habían sido, pero a la vez completamente diferentes. Era viernes de cine, uno más de tantos. Las dos estaban acurrucadas la una junto a la otra bajo un manta en un sofá, como mil veces antes. Freddy Krueger asesinando a gente a diestro y siniestro colándose en sus sueños y Ashley aferrada a su brazo y con la cabeza acomodada en su hombro. Como siempre había sido.
Y a la vez completamente diferente porque el sillón ya no era el de una de las casas de sus padres, era el sillón de “su” piso. Y ya no eran dos mejores amigas que habían iniciado aquella tradición un viernes cualquiera a los diez años, ahora eran mucho más. Mucho, mucho más.
La morena había insistido en ver Pesadilla en Elm Street porque era la primera película que había inaugurado sus viernes de cine y aquel era el primer viernes de cine que las dos pasaba juntas tras su mudanza definitiva. Todo tenía sentido en la mente de su chica. En la de Spencer no tanto…pero nunca había podido resistirse a una Ashley suplicante y aguantó sus estrujamientos de brazo estoicamente de principio a fin de aquel film. Cuando la película terminó sonrió al sentir como la morena se desperezaba alzando los brazos al cielo y estirándose. Emitió un ruidito extremadamente gracioso en su opinión, después se dejó caer con la cabeza sobre su regazo y soltó un suspiro satisfecho mirándole con una sonrisa.
Spencer se la devolvió acariciando su pelo, menuda monada de novia tenía. Daban ganas de darle besos y abrazos todo el tiempo. El “efecto cachorrito”, así lo llamaba ella.
– No sé porque has insistido en ver a Freddy, Ash. Ahora no podrás dormir- le picó acariciando distraídamente el perfil de una de sus cejas. Su sonrisa se hizo más amplia al escucharle.
– Si que podré. Siempre puedo si duermo contigo- le contestó dejándose acariciar por su chica.
– Ahora vas a poder dormir conmigo todas las noches- sonrió la rubia y notó como los latidos de su propio corazón comenzaban a acelerarse.
Había estado controlándolo muy bien durante toda la noche pero es que su plan debía comenzar ya. Se le secó la boca de repente. ¡Carlin! Es solo Ashley…es solo…uff, boca seca. Completa y absolutamente seca. La morena seguía mirándole desde su regazo y extendió una mano acariciando su barbilla con el pulgar. Debió notar el cambio en su estado de ánimo porque frunció ligeramente el ceño, de aquella forma tan absolutamente mona en que lo hacía a veces, y le interrogó con su mirada antes que de viva voz.
– Spence…¿estás bien?- inquirió jugueteando un poco con el rubio cabello de su chica.
– No puedo creerme que estés aquí ya y que no tengas que marcharte el domingo- contestó Spencer. Y, aunque no era todo lo que pasaba por su mente en aquellos momentos, era verdad.
La morena le regaló aquella sonrisa que aparecía a veces cuando estaba extremadamente contenta y Spencer le correspondió con una de las suyas. Ashley le sorprendió incorporándose de golpe y uniendo los labios de ambas en un largo beso que ninguna de las dos quería romper.
– Te quiero- le susurró la morena a milímetros de su boca cuando tuvo que separarse al sentir arder sus pulmones por falta de aire.
Cada vez que oía aquellas palabras de boca de su chica el corazón se le saltaba un latido, le subía el azúcar y, si fuera físicamente posible, levitaría. De verdad, estaba segura de eso. Y era el momento. Ya. No podía retrasarlo más porque llevaba pensándolo un mes entero, deseando que llegara esa noche y había llegado y no podía acobardarse. Y sabía que si su chica supiera lo nerviosa que estaba en esos precisos momentos y cual era la razón de aquel nerviosismo le diría que era una tonta.
– Yo también te quiero, Ash- le contestó mirándola directo a sus familiares ojos castaños.
Ashley sonrió ligeramente al escucharle, seguro que su corazón también se saltaba un latido al oírselo decir. Unió sus labios suavemente una vez más antes de apartarse por completo sin previo aviso, levantándose del sofá y tendiéndole la mano.
– Hora de irnos a la cama- le informó.
– ¿Tienes ganas de encontrarte con Freddy en tus sueños?- bromeó la rubia a pesar de la taquicardia que estaba experimentando.
– Ummm…no, tengo ganas de encontrarme contigo entre las sábanas- le contestó y al decirlo puso esa cara que hacía que Spencer perdiera de vista todo lo demás.
La rubia aceptó la mano que su chica le ofrecía y cuando estuvo de pie se armó de valor. Lo había ensayado antes. Todo iba a salir bien.
– Eh Ash…vete yendo tu, recojo esto y voy en un minuto- señaló la mesa donde descansaba el bol de palomitas y los vasos de los que habían bebido durante la película.
– Te ayudo- ofreció la morena haciendo amago de ir a coger los vasos pero Spencer le frenó empujándole ligeramente hacia la habitación de ambas.
– Es tu primera noche después de la mudanza definitiva. Yo me encargo de esto. Tu ponte ese pijama tan mono de corazones que te regaló tu madre- le sugirió y le vio fruncir el ceño. No le gustaba mucho ese pijama- Yo recojo- repitió besándole fugazmente y el ceño de la morena desapareció por arte de magia.
– Vale- aceptó dándose media vuelta y desapareciendo por el pasillo que llevaba a su habitación.
Perfecto. Primera fase del plan superada con éxito.
Recogió el bol de palomitas y los vasos llevándolos al fregadero a la velocidad de la luz y no se molestó en fregarlos antes de coger una bolsa de uno de los cajones de la cocina y dirigirse a su verdadero objetivo. El panel eléctrico del piso. Se encontró frente a él en segundos y sonrió un poco, una sonrisa nerviosa. Lo había ensayado muchas veces. El primer interruptor controlaba la caldera, el segundo el frigorífico, el tercero el horno…el cuarto, el cuarto era el que realmente le interesaba. El cuarto interruptor controlaba la iluminación del piso. Si lo bajaba todo se quedaría en la más completa oscuridad. Y eso era lo que quería, la más completa oscuridad. Respiró hondo una sola vez y lo desconectó.
– ¡Ey!- escuchó la sorprendida protesta de Ashley desde la habitación- Spencer, se ha saltado la luz- le informó como si pensara que su chica necesitaba oírlo para darse cuenta de algo así- ¿Puedes darla otra vez?- le pidió terminando de ponerse la ultima pieza de su pijama rodeada por tinieblas.
– Claro…espera un momento- le contestó la rubia fingiendo intentar arreglarlo. En realidad solo esperó unos segundos para que quedara creíble antes de disculparse- Parece que es un apagón general Ash…- mintió y de verdad que le estaba costando un mundo fingir que su corazón no estaba a punto de abandonar su pecho e irse dando saltitos por el suelo. Saltitos muy altos.
Sacó una de las velas de la bolsa que había preparado con anterioridad y la encendió encaminándose hacia la habitación donde Ashley esperaba sentada en la cama.
– Uhhhh…velas- sonrió la morena al ver aparecer a su chica por la puerta- Das un poco de miedo así Spencer- indicó- ¿Te acuerdas de cuando pusimos velas en la cabaña del árbol para hacer espiritismo?- le preguntó incorporándose y quedando de rodillas sobre el colchón.
– Lo recuerdo- sonrió la rubia depositando la vela encendida sobre la mesilla del lado de su chica antes de proceder a encender las demás.
– ¿Y te acuerdas de que una se cayó y se incendió un comic y lo apagué pisándolo con la zapatilla?- sonrió orgullosa de su hazaña.
– Eh…-Spencer sonrió divertida mientras colocaba el resto de las velas estratégicamente por la habitación. De verdad que lo había ensayado mucho- No. Pero me acuerdo de que no se cayó, la tiraste tu porque eres una torpe y me acuerdo de que no lo apagaste, gritaste “Fuego””Fuego” mientras dabas saltos y yo la tuve que apagar con la suela de mi zapatilla.
Rió divertida al ver como Ashley fruncía el ceño ante esa distorsión de sus propios recuerdos.
– ¿Segura?- inquirió la morena aún de rodillas en el lecho.
– Segurísima- admitió Spencer inclinándose sobre la cama y depositando un fugaz beso en los labios de su chica.
Colocó la última vela sobre la cómoda y se volvió hacia Ashley que continuaba observándole arrodillada sobre el colchón. Siempre había estado segura y en ese momento lo estaba más nunca. Mucho más. A pesar de que su nerviosismo parecía haberle convertido las piernas en gelatina avanzó hacia la cama, los potentes, y exageradamente altos, latidos de su corazón marcando cada paso. Joder…Ashley estaba preciosa a la luz de las velas, sin sospechar lo que vendría a continuación. No podía sospecharlo, nadie sabía que había planeado aquello. Cuando apenas le separaba de la cama un metro fingió tropezar y, no era por fardar pero es que le salía muy bien. Escuchó a Ashley soltar una exclamación sorprendida y, tal y como sospechaba que haría, gateó hasta el borde la cama preguntándole si estaba bien, si se había hecho daño.
No le contestó y recuperó la pequeña cajita de debajo de la cama. La había colocado allí estratégicamente unas horas antes. No se la enseñó aún, la mantuvo oculta mientras levantaba la mirada para encontrarse con unos ojos marrones ligeramente preocupados. Ashley volvió a preguntarle que si estaba bien y ella volvió a evadir la respuesta. Había muchas otras cosas que necesitaba decirle y era aquel el momento exacto. Todo estaba listo, tal y como lo había planeado de antemano. Las dos solas, luz de velas, ella arrodillada en el suelo y Ashley mirándola de aquel modo. Solo quedaba decirlo. Solo quedaba lo más difícil. ¡Vamos Carlin! No la cagues ahora.
– Ash…-comenzó y se reprendió a si misma por el ligero toque de nerviosismo con que le había salido- Te caíste en el bosque…¿te acuerdas? Cuando pensábamos que nos perseguía el señor Enderson para quitarnos los huesos y meterlos en su saco asqueroso de huesos de niñas- le recordó y vio como su chica sonreía ligeramente al pensar en lo inocentes que habían sido una vez. Pareció ir a comentar algo pero la rubia no le dejó, necesitaba decirlo todo del tirón de modo que continuó hablando- Teníamos nueve años y yo más miedo que en toda mi vida porque creía que ese señor iba a cogerme, pero de repente ya no te oí a ti. Estabas corriendo justo detrás de mí y de repente ya no te oí y todo el miedo que había tenido hasta ese momento se quedó en nada. El miedo de verdad fue pensar que pudiera cogerte a ti. Y solo éramos unas niñas Ashley pero yo ya lo sabía, sabía que eras tú, que ibas a ser tú. No sabía que me enamoraría de ti cuatro años más tarde, no sabía que acabaríamos exactamente así, pero sabía que te necesitaba como en ese bosque, corriendo conmigo todo el rato. Siempre has sido esa persona Ash, llámalo mejor amiga o alma gemela o novia, llámalo como quieras porque da lo mismo, solo son nombres, pero siempre has sido tú. Al principio eras tu con quien quería jugar todo el tiempo y robar chocolate y comer hasta que nos doliera la tripa y luego eras tú a la que quería besar sin parar nunca en la cabaña del árbol para que nadie pudiera vernos. Siempre has sido tu con quien quiero estar todo el rato y sé que este tiempo que has pasado en la universidad no ha sido fácil para ninguna de las dos, pero míranos, sigues siendo tú…
– Spence…-iba a decir algo la morena y la rubia supo que había comprendido de que se trataba aquello. Lo que había empezado para Ashley como un tropezón y uno de los recuerdos de su infancia se había vuelto de repente algo mucho más serio y profundo.
– No digas nada aún Ash…-le pidió la rubia- Siempre voy a volver a por ti cuando te caigas. Siempre. No importa cuantas veces ni donde, siempre voy a volver a por ti. Quiero que me dejes ser la persona que vuelva a por ti siempre y que te ayude a levantarte y que te haga reír cuando llores y te de el hipo. Quiero ser la persona que esté siempre contigo.
No iba a olvidarlos nunca. Esos cinco segundos en los que el silencio les envolvió a ambas mientras se miraban iluminadas solo por el tenue resplandor de las velas. Porque Ashley ya sabía lo que venía a continuación y le estaba mirando casi sin respirar con unos ojos que decían “Si” por adelantado, lo decían muy alto. Cinco segundos en los que Spencer sintió desvanecerse todos sus nervios porque ya sabía que si, que claro que si, que por supuesto que si, y sonrió a su chica poniendo a la vista la cajita que había mantenido oculta entre sus manos. La vio morderse ligeramente el labio inferior, impaciente, mientras ella abría la cubierta para desvelar su contenido.
– Ashley Davies…- comenzó tras dejar al descubierto un anillo y rió un poco porque es que la morena estaba prácticamente saltando sobre sus rodillas en el colchón, extremadamente emocionada e incapaz de mantenerse quieta.
– ¡Si, si, si!- dijo sin contenerse más mirando a su chica con ojos chispeantes. Pero chispeantes de verdad.
– ¡Ashley! Ni siquiera te lo he preguntado aún…-protestó Spencer sin poder esconder aquella amplia sonrisa que se había apoderado de su cara, de su cara entera.
– ¡Pero es que si Spencer! ¡Es muy que si!- exclamó su novia saltando literalmente sobre ella, sus caras a milímetros de distancia una vez que la rubia estuvo de espaldas en el suelo.
– ¡Quiero preguntártelo, acelerada!- rió Spencer atrapada bajo el peso del cuerpo de la otra chica.
– Pregúntamelo…-accedió Ashley guardando silencio luego y mirándole atentamente.
Spencer le besó fugazmente porque Ashley era muy mona, porque le quería más que a nada y porque lo necesitó en ese momento, le salió sin más. Le besó, le miró y se lo preguntó.
– Ashley Davies, ¿te quieres casar conmigo?
Primero asintió con la cabeza mientras recorría su rostro con la mirada, mientras sonreía aquella sonrisa que se veía por fuera y por dentro y en sus ojos y en su boca y que se debía ver desde el espacio exterior porque menuda sonrisa…Luego lo dijo, dijo “Si, si que me quiero casar contigo” y después soltó aquella risita adorable, la que se le escapaba cuando no podía estar más contenta, cuando tenía exceso de alegría en su cuerpo.
Spencer le besó olvidándose de que estaban en el suelo, olvidándose del anillo, de su nombre y de todo lo que no fueran Ashley y ella y que se iban a casar. ¡Se iban a casar! ¡Madre mía! ¡Se iban a casar!

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