Capítulo 13. Diecisiete años.

Sus familias terminaron por aceptarlo porque…¿qué podían hacer sino? ¿Desheredarlas? ¿Echarlas a la calle? Las querían demasiado como para eso, de modo que no les quedó otro remedio y, después de un tiempo, el que Ashley y ella estuvieran juntas era lo más natural del mundo tanto para los Davies como para los Carlin, incluido Glenn. En el instituto tuvieron que aguantar burlas e incluso insultos de algunos de sus compañeros pero intentaron no prestarles mucha atención y al cabo de un tiempo ni siquiera los oían. Ya no eran un secreto y lo único que les quedaba por hacer era vivir felices para siempre, al menos eso pensaba Spencer hasta que dejó de pensarlo, repentinamente devuelta a la realidad por una conversación que escuchó en la cocina de su casa. ¡Ella solo quería un poco de zumo!
Ashley siempre había dicho que quería ser abogada, bueno no siempre, porque al principio quería ser probadora oficial de nuevos sabores de helados y luego había pasado por una etapa en la que su máxima aspiración en la vida era conseguir un trabajo de acomodador en el cine, películas gratis y todas las palomitas que pudiera ingerir sin reventar. Fue alrededor de los trece o los catorce cuando comenzó a hablar de lo de ser abogada y al principio Spencer pensó que se trataba solo de una idea pasajera fruto de la extraña obsesión que había desarrollado por la serie Ally McBeal, pero no, esa vez la morena parecía estar convencida y aún continuaba convencida a los diecisiete.
Ambas habían hablado de ello, hablaban de todo asi que por supuesto que habían hablado de ello, Ashley sería una gran abogada y ella sacaría adelante el negocio familiar junto a Glenn, construirían una casa a las afueras de la pequeña ciudad y sus hijos tendrían una cabaña en un árbol. Todo estaba perfectamente planeado pero se habían olvidado de un pequeño detalle, o al menos Spencer no había pensado en ello, tal vez había decidido obviarlo por el bien de su salud mental.
Zumo. Solo quería zumo y una conversación entre Christine y Paula había conseguido sacarla de aquel limbo en cuestión de segundos.

Ashley y Spencer a los diecisiete años

Buff…odiaba aquella asignatura, la odiaba mucho. Mucho más que mucho. La odiaba con todo su ser. Si en vez de regodearse en lo mucho que odiaba la Historia se hubiese centrado en continuar escribiendo aquel maldito trabajo sobre JFK probablemente lo hubiese terminado hacía un par de horas pero…¡es que la odiaba mucho! Seguro que Ashley ya había terminado el suyo…ella había elegido como tema del trabajo la Guerra de Secesión. Buff…demasiado larga en su opinión, ¡y había ocurrido hacía mil siglos! ¿A quien le importaba? Kennedy era más interesante, todo lo interesante que puede llegar a ser un trabajo de historia, pero aún así no lo suficiente como para mantener su atención centrada por más de quince minutos seguidos.
¡Céntrate Spencer! Sacudió la cabeza y volvió a fijar su mirada en la pantalla del ordenador, llevaba diez páginas, el mínimo era quince…casi había llegado porque, evidentemente, ella se conformaba con el mínimo. El mínimo del profesor era su máximo, había sido así desde que tenía cuatro años y le había ido muy bien, muchas gracias. Naturalmente la última vez que había llamado a Ashley su novia le había dicho que iba por la página veinte y subiendo…agh…empollona.
Cinco páginas más Spencer, cinco páginas más. Pasó un par de hojas de los dos manuales de los que estaba sacando la información y suspiró…pobre Kennedy, muerto en la flor de la vida. Si algún día llegaba a ser presidenta de los Estados Unidos de América nunca, nunca, jamás, haría apariciones públicas en un descapotable. Nunca.
Se dispuso a retomar sus pulsaciones sobre el teclado cuando de pronto cayó en la cuenta de algo…ummm, tenía sed. ¿Sed de que? ¿De agua? Emmm…no, no de agua. ¿De Coca Cola? No, no, tampoco. ¡De zumo! Sed de zumo. Le había prometido a Ashley que no se levantaría de la silla hasta que el trabajo sobre John Fitzgerald Kennedy estuviese terminado pero…¿quien iba a chivarse? Ella no desde luego. Además hacía un rato se había levantado al baño y el universo seguía manteniendo su equilibrio…se arriesgaría.
Abandonó su habitación con destino la cocina y mientras bajaba las escaleras distinguió dos voces, una era de Paula y la otra de Christine. Uff…pobre Raife, debía sentirse muy solo en su casa porque Ashley y su madre estaban siempre en la suya. Terminó de descender los escalones abandonando el último de ellos con un pequeño saltito y, al escuchar el nombre de Ashley en boca de Paula se paró en el sitio. ¿Cotilla? Un poco.
– Es estupendo que Ashley tenga tan claro lo que quiere hacer Christine- comentaba su madre.
– Mi hija estudiando Derecho, aún recuerdo cuando Spencer y ella decían que querían unirse al circo- suspiró la otra mujer y Paula soltó una risita.
– Estuvieron dando la tabarra con lo del circo tanto tiempo que al final empecé a creérmelo de verdad- admitió- ¿Ha elegido Ashley la universidad que quiere ya?- se interesó entonces Paula.
¡JA! El tema tabú, el tema prohibido, el tema que se convertiría en su úlcera sangrante si le daba demasiadas vueltas y por eso no le había dado ninguna aún. Ashley quería ser abogada, para ser abogado hay que estudiar Derecho, para estudiar Derecho hay que escoger y ser admitido en una Universidad que imparta la carrera, en aquella mierda de mini ciudad no había universidades, ni siquiera una. Ni siquiera media. Nada. Ashley tendría que irse a estudiar fuera. De alguna forma Spencer había conseguido frenar aquella cadena lógica en la primera idea: Ashley quería ser abogada. “Ashley quería ser abogada” estaba bien, no le llevaba a pensar en cosas que le impedirían dormir por la noche. Pero Paula y Christine habían saltado hasta el último eslabón de la cadena así, sin más. Ashley tenía que irse a estudiar fuera.
– Aún no, pero Raife está empeñado en que haga la carrera en la misma universidad en la que estudio él. Le ha regalado su antiguo jersey y todo- suspiró la mujer.
– Pero…Raife estudió en…- se sorprendió Paula.
– En Oxford, si- completó la madre de Ashley y Spencer sintió como el corazón comenzaba a latir muy, muy raro dentro de su pecho. No sabía como se sentía uno segundos antes de sufrir una parada cardio-respiratoria pero puede que fuera así. Era muy probable que fuese así.
– Pero…- titubeó Paula prestando su voz a los pensamientos de su hija.
– Raife ha hablado con su hermano, vive en Oxford y estaría encantado de acoger a Ashley si al final decidiera cursar allí Derecho- admitió Christine- No sé porque es tan importante para él…y ya le he dicho que no me hace ninguna gracia tener a mi pequeña viviendo a un océano de distancia por cuatro años…-reconoció.
¡Claro que no! ¡A ella tampoco le hacía gracia tener a su pequeña viviendo a un océano de distancia durante cuatro años! ¿Aquel hombre estaba loco o que? Madre mía, doce años cayéndole de maravilla y en un momento Raife había pasado a estar a la cabeza de su ranking de “los más odiados”.
Agh…ya no le apetecía zumo. Se dio media vuelta y ascendió las escaleras con paso pesado, de vuelta a su habitación. Una vez dentro volvió a sentarse frente a su ordenador y miró la pantalla sin verla en realidad. ¿Ashley de vuelta a Inglaterra? No, no, no. ¿Ashley de vuelta a Inglaterra por cuatro años? ¿¡Pero que clase de broma era esa!? Porque ella no le veía ni puta gracia…Apenas había soportado aquel verano cuando Raife y Christine habían secuestrado a Ashley llevándosela un mes entero a Londres…si vale, eran sus padres así que “técnicamente” no fue “un secuestro” en el sentido tradicional de la palabra, ¡pero lo había sido en el resto de los sentidos! ¿de acuerdo?¡Se habían pasado un mes sin verse! ¡Un mes sin tocarse! Un mes escribiendo en un estúpido diario todo lo que le hubiera gustado poder decirle a la cara. ¿No había sido suficiente tortura para toda una vida? Ella creía que si pero parecía que no y ahora Raife quería mandarla allí cuatro años…maldito sádico.
Pasó cinco minutos releyendo la última frase que había escrito…
Si, decidido, no iba a poder terminar el trabajo de JFK en aquel momento. Ni en aquel momento ni nunca, hasta que Ashley le dijera que no pensaba hacerle caso al sádico de su padre. Se levantó de la silla y cogió una cazadora de su armario antes de bajar las escaleras a toda velocidad.
* * *
No le hizo falta llamar a la puerta, durante el día solía estar abierta, de modo que entró a la casa de su novia sin más y se dirigió directamente a su habitación. Pudo escuchar el sonido de sus dedos sobre el teclado del ordenador antes de terminar de subir las escaleras. Se asomó a la puerta de su cuarto y la vio de espaldas a ella frente a su escritorio, tecleando a una velocidad pasmosa en su portátil.
– Ashley…-le llamó con voz suave. No quería asustarla. Nada, la chica continuó tecleando sin percatarse de su presencia- ¿Ashley?- probó de nuevo la rubia frunciendo el ceño. Ni caso.
Se acercó un poco más y al cambiar su ángulo de visión pudo distinguir el cable de su ipod haciendo puente entre el aparato sobre la mesa y el cuerpo de su novia. Pensó rápido, si se acercaba y le tocaba el hombro era altamente probable que cayera allí fulminada sin tan siquiera llegar a percatarse de que solo era ella. No, descartado. Pensó por unos segundos y al final su vista se posó sobre el móvil que descansaba junto al ipod, dentro del campo de visión de la morena.
Sacó su móvil y buscó el número de Ashley. Pulsó la tecla verde y un par de segundos después la pantalla del móvil de su chica se iluminó al recibir la llamada, esto atrajo la atención de la morena que se quitó los cascos dispuesta a contestar. Spencer colgó entonces.
– Ashley tenemos que hablar- dijo a sus espaldas.
– ¡Joder!- exclamó la morena llevándose las manos al pecho y girándose a toda velocidad en la silla- ¡Spencer! ¡Mierda!
En circunstancias normales Spencer se hubiera reído de su reacción, se hubiera reído mucho, pero en aquellos momentos su mente estaba centrada en otros asuntos, y no eran nada graciosos, de modo que se sentó en la cama de la morena y continuó hablando sin tan siquiera darle tiempo a recuperarse del susto.
– Ashley…¿vas a irte a Inglaterra?- le preguntó directamente. No quería alargar más aquella agonía.
La morena le miró en silencio por unos segundos, con un gesto de confusión total. Hacía un momento estaba redactando uno de los episodios más cruentos de la Guerra de Secesión con el último disco de Aerosmith como banda sonora y de repente su novia estaba allí, la guerra había terminado y exigía saber si se marchaba a Inglaterra.
– Eh…¿que?- fue toda la respuesta que pudo elaborar devolviendo la mirada a unos ojos azules intensamente angustiados.
– He oído a tu madre hablar con mi madre en la cocina. Solo quería zumo Ashley…yo solo quería zumo…-se lamentó- ¿Vas a irte a estudiar Derecho a Oxford?- insistió.
Ashley se levantó de la silla, aquella situación requería un acercamiento por su parte, Spencer parecía realmente disgustada.
– ¿Mi madre le ha dicho a tu madre que voy a estudiar Derecho en Oxford?- quiso poner las cosas en claro la morena.
– ¡Dime si vas a irte o no! Luego puedes preguntarme todos los detalles que quieras- exigió Spencer- ¿Vas a irte a estudiar a Oxford? Si o no, Ashley.
– No, claro que no voy a irme a estudiar a Oxford- dio por sentado la morena y Spencer soltó todo el aire que había estado reteniendo mientras esperaba aquella respuesta. Ashley le acarició la espalda- ¿Pensabas de verdad que iba a irme a Inglaterra cuatro años?- inquirió sorprendida.
– No lo sé Ashley…no lo sé…- suspiró la rubia dejándose caer de espaldas en la cama tremendamente aliviada- Yo solo quería zumo…- volvió a decir y Ashley se tumbó a su lado mirándole con una sonrisa.
– ¿Sabes porque te pasan estas cosas?- le preguntó. Spencer apartó su vista del techo para centrarla en los ojos de su novia- Por desobedecerme, creía que habíamos quedado en que nada de levantarse de la mesa hasta que hubieras terminado el trabajo de Kennedy- le recordó comenzando a juguetear con los dedos de su mano.
– ¡Tenía sed!- se justificó la rubia volviéndose totalmente hacia ella- Prométeme que no vas a irte a Oxford…- pidió de nuevo.
– Spencer, te lo he dicho, no voy a irme a Oxford. No voy a salir del país ni siquiera del estado- le tranquilizó y la rubia le miró en silencio por unos segundos.
– Tu padre quiere que estudies en Oxford- indicó.
– Si, lo sé. Y cuando mi madre se quedó embarazada quería que fuera un chico, cuando tenía seis años que me apuntara al equipo de fútbol…esta acostumbrado a la decepción. Una más no le matará- se desentendió la chica y Spencer sonrió ligeramente al oírle- Ni siquiera me has dado un beso de “hola”, Carlin- indicó entonces frunciendo el ceño en señal de desaprobación.
Spencer no se lo pensó dos veces antes de atrapar los labios de la morena con los suyos en un beso intenso que se prolongó más de lo que ninguna de las dos había previsto dejándolas sin aire.
– ¡No vuelvas a darme un susto así jamás!- le regañó la rubia en cuanto se separaron.
– ¡¿Y tú me hablas de sustos?!- alzó las cejas Ashley. Spencer decidió escaquearse repitiendo el beso y a la morena le pareció buena idea.
Kennedy y la Guerra de Secesión deberían esperar un poco.
Ninguna de las dos supo exactamente cuanto tiempo habían pasado allí comiéndose a besos, pero a juzgar por la poca luz que entraba a través de las cortinas había sido bastante. En esos momentos ambas seguían sobre la cama, pero frente a frente y sin ningún tipo de contacto.
– Te irás el año que viene…puede que no a Inglaterra, pero te irás- señaló Spencer observando a su chica.
– No pienses en eso aún. Todavía quedan varios meses, casi un año… -le pidió Ashley porque ella estaba tratando de no pensarlo con todas sus fuerzas
Spencer se limitó a besarla de nuevo y esa vez no tenía intenciones de parar hasta que una de las dos muriera por falta de aire o ingesta de líquidos. Tenía que aprovechar y besarla todo lo posible durante aquellos meses que les quedaban. Porque Ashley tenía razón, aún quedaba mucho tiempo ¿no? Casi un año ¿verdad?

* * *

Uh…piedrecitas en la ventana. Hacía un rato que Spencer se había metido en la cama, pero no podía dormir y de repente un insistente ruido había desviado su atención de los pensamientos repetitivos sobre Ashley y su maldita universidad. Piedrecitas en la ventana, ese era el ruido. Y solo una persona tiraba piedrecitas a su ventana. Era bastante tarde, ¿que hacía Ashley bajo su ventana a aquellas horas?
Se levantó rápidamente de su cama y se asomó localizando a su novia. Estaba buscando más proyectiles que estrellar contra su cristal.
– Ashley- llamó su atención en voz baja. No quería que sus padres y Glenn la descubrieran allí, probablemente Raife y Christine pensaban que estaba felizmente dormida en su cama.
En cuanto la morena levantó la vista al escuchar su nombre Spencer supo que había llorado. Siempre sabía cuando Ashley había llorado aunque ella tratara de ocultarlo. Podía engañar a los demás pero no a ella, llevaba doce años estudiando cada gesto de su cara, viéndola llorar de verdad y de mentira para conseguir salirse con la suya. Era una experta en Ashley Davies y Ashley Davies había llorado.
La morena no dijo nada. No le hacía falta, porque ya habían pasado por aquello antes. Siempre que una de las dos necesitaba hablar con la otra, no importaba lo tarde que fuera, ambas acudían a la cabaña del árbol. O bien Ashley se presentaba en su casa y tiraba piedrecitas a su ventana o Spencer le llamaba por teléfono y en diez minutos la morena se materializaba allí. Llevaban mucho tiempo haciéndolo así y sus padres no les habían pillado ni una sola vez…y si lo habían hecho no lo habían mencionado al día siguiente.
Spencer se puso un jersey sobre el pijama que vestía, se calzó unas zapatillas y salió de su cuarto lo más sigilosamente que pudo. Cuando rodeó la casa Ashley ya no estaba bajo su ventana así que fue directa a la casa del árbol y trepó escaleras arriba.
– Me he peleado con mi padre- habló Ashley desde su posición en el interior de la cabaña sin darle tiempo siquiera a entrar del todo.
Spencer tomó asiento a su lado y la miró en silencio por unos segundos. Ashley y su padre no se peleaban nunca, su novia era una niñita de papá. Siempre lo había sido.
– ¿Es por lo de Oxford?- preguntó por fin la rubia y su chica se limitó a asentir con la cabeza mientras miraba sus manos. Le acarició el pelo sin saber que decirle.
– Le he dicho que no voy a ir. No sé porque es tan importante para él- admitió la morena.
– Estudió allí- aportó Spencer.
– ¡Estudió allí porque el quiso estudiar allí!- exclamó Ashley mirándole. Volvía a haber lágrimas en sus ojos castaños.
– Ashley, nadie va a obligarte a ir a Oxford, lo sabes. Tu padre nunca haría nada así. No tienes que estudiar allí si no quieres- le animó acariciando su espalda.
– Ya lo sé- admitió apartando su vista de nuevo.
– ¿Por qué lloras entonces?- frunció el ceño la rubia acercándose más a ella como si de alguna forma su cercanía pudiera reconfortarla y en el fondo lo hacía.
– Porque…porque ha dicho que si no quiero ir a Oxford es por ti y que soy una tonta porque tenemos solo diecisiete años y que cuando rompamos me arrepentiré de no haber ido…- repitió las palabras de su padre.
– ¿Y por eso lloras? ¿Por qué tu padre ha dicho que vamos a romper?- le preguntó retirándole ligeramente el pelo de la cara.
– Cuando me vaya a la universidad…tu vas a quedarte aquí- señaló la morena claramente disgustada.
– ¿Y que?- inquirió suavemente.
– Que todo va a cambiar- se sorbió la nariz mirando a su chica. ¿Por qué Spencer estaba tan tranquila con todo aquello?
– Va a cambiar si lo cambiamos Ashley- señaló la rubia.
– Pero tendré que irme fuera, tendré que irme cuatro años…-le recordó y al menos ya no lloraba y aunque le dio un poco el hipo Spencer no se rió esta vez.
– No importa. No te quiero porque estés aquí ¿sabes?- le besó la punta de la nariz cuando ella le miró al escucharle- ¿Tu vas a quererme menos porque no vivamos en el mismo sitio?- le preguntó.
– Claro que no- dio por sentado la morena.
– Ash…me encantaría que no tuvieras que irte, si pudiera yo misma construiría una universidad aquí para que no tuvieras que marcharte- admitió Spencer.
– ¿Y no puedes?- le preguntó Ashley esperanzada. La rubia sonrió al oírle y apoyó su cabeza en el hombro de su chica.
Ashley a su vez apoyó su mejilla en la cornilla de su novia y ambas guardaron silencio por unos segundos.
– No quiero tener que estar lejos de ti- dijo por fin la morena en un susurro.
– No vamos a estar lejos Ashley. Tu y yo nunca estaremos lejos, ni aunque al final te vayas a Oxford. Y son solo cuatro años- fue positiva la rubia.
– ¿Solo?- frunció el ceño al oírle.
– Si, llevamos doce juntas a todas horas…nos vendrá bien un descanso- bromeó entrelazando sus dedos con los de la mano de la morena.
– Idiota-fue todo lo que contestó sonriendo ligeramente pero después dejó de hacerlo- ¿Y si te desenamoras de mí?- le preguntó de pronto.
Spencer soltó un bufido incrédulo.
– Como que voy a desenamorarme de ti así como así…-dijo.
– Eso no lo sabes Spence…- señaló ella.
– Si, si que lo sé- aseguró la aludida- Sé que no podría desenamorarme de ti nunca…lo he intentado ¿sabes?- señaló y Ashley sonrió ligeramente mirándole.
– ¿Lo has intentado?- le siguió el juego.
– Si, cada noche cuando me voy a la cama pienso… “a ver si mañana la quiero menos”. Y luego cuando me levantó pienso, “¡maldita sea!”, porque siempre te quiero un poco más que la noche anterior- le confesó.
Ashley rió al escucharle. Spencer siempre sabía como hacerle sentir mejor.
– Spencer eres muy cursi- le informó acariciando su mejilla.
– Y cada vez que te veo pienso “maldita sea”, y cada vez que me miras pienso “maldita sea”- continuó a pesar de la observación de su chica- Y cada vez que me besas pienso…-Ashley le cortó con sus labios, después de reírse por lo ridículamente cursi que su chica estaba siendo en esos momentos.
– ¡Maldita sea!- dijeron ambas al mismo tiempo tras separarse la una de la otra.
– ¡Tu también eres muy cursi! Y es peor que lo mío porque yo al menos invento mis propias cursilerías- le acusó Spencer- Tú simplemente me las robas y las repites- añadió y Ashley le cayó con otro beso.
– No las robo, las tomo prestadas porque son cursilerías muy buenas. Nadie puede inventar cursilerías tan cursis como las tuyas. Son las cursilerías más cursis del mundo- señaló la morena y a Spencer le gustó ver que ya no estaba tan disgustada como antes.
No dijo nada y se limitó a besarla de nuevo, haciéndose la valiente y fingiendo que el que su chica fuera a pasarse cuatro años lejos no le daba miedo.

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