Capítulo 10. Catorce años.

Noche de Halloween a los catorce. No la olvidaría jamás, no podría olvidarla ni aunque viviera mil años.
Aquella noche su relación con Ashley cambió del todo, sin vuelta atrás, después de año y medio escondiéndose, peleando y haciéndose daño aún sin querer. El miedo, la frustración, la confusión y el dolor que habían ido causándose la una a la otra se canalizaron aquella noche cambiándolo todo para siempre. Ashley y ella habían hablado de aquel Halloween en infinidad de ocasiones y si hubiese sabido a los trece todas las cosas que la morena le confesó con posterioridad seguramente aquel año no hubiera sido tan asquerosamente confuso y doloroso como lo fue.
A los catorce había dejado de ser confuso. A los catorce todo estaba dolorosamente claro en la cabeza de Spencer Carlin. Cada vez que su corazón latía más deprisa cuando Ashley estaba cerca, cada vez que le invadía aquella sensación tan cálida cuando sus cuerpos se acurrucaban en el sofá o en la cama, cada vez había estado más claro hasta alcanzar el grado máximo de claridad, hasta que ya no pudo estarlo más. Le gustaba Ashley como deberían gustarle los chicos y los chicos no le gustaban en absoluto y nadie, nadie, debía saberlo jamás. Y Ashley menos que nadie.
Le había prometido a su amiga que cuando descubriese que era lo que había perdido hablaría con ella, pero ahora que lo sabía con seguridad no podía decírselo, no quería que Ashley pensara que era asqueroso, que ya no quisiera ser su amiga más, de modo que fingía. Fingía que la presencia de la morena no le afectaba, que no aceleraba sus pulsaciones y que no se moría por repetir aquel beso de fresa de la cabaña del árbol. Y fingía bien cuando solo estaban las dos, era mil veces más difícil cuando alguno de los chicos de su clase se acercaba a ellas, a cualquiera de ellas, pero especialmente le era casi imposible fingir cuando se acercaban a Ashley. Y desde principio de curso se le habían acercado bastantes. Ughhh…lo que sentía cuando les veía sonreírle así, mirarla de ese modo, casi le dolía físicamente y no podía hacer nada. ¿Por qué que podía hacer o decir? Era su mejor amiga, se suponía que tenía que estar feliz por ella y ayudarla a elegir que ponerse en caso de que decidiera salir alguna vez con uno de ellos y, en vez de eso, le mataba por dentro y rezaba porque jamás aceptara sus invitaciones. Gracias al cielo de momento Ashley les había rechazado a todos y, evidentemente ella tampoco había aceptado a quedar a solas con ninguno de aquellos muchachos. De momento, pero…¿por cuánto tiempo podrían continuar así las cosas? ¿Cuánto tardaría Ashley en decidir que uno de ellos le gustaba? ¿Qué haría ella entonces? Una tortura, eso era aquello, una insoportable tortura que debía sufrir en silencio porque no tenía derecho a protestar. Era demasiado cobarde como para tener derecho a nada.
Octubre había empezado mal, muy mal, porque apenas soportaba ver a Ashley hablando con los chicos que se acercaban a ella y en muchas ocasiones se había marchado sin más y cuando Ashley intentaba comprender su extraño comportamiento ella solo negaba que fuera extraño y el círculo que llevaban más de un año recorriendo comenzaba de nuevo. Peleaban y se enfadaban y después actuaban ambas como si nada hubiera pasado, escondían el problema debajo de la alfombra y llevaban haciéndolo así tanto tiempo que la alfombra se les estaba quedando pequeña y los problemas asomaban por todas partes.
Y tenía que explotar por algún lado. Ashley lo sabía y ella lo sabía pero ninguna de las dos lo reconocía en voz alta. Seguían tirando de la cuerda, testando cuanto podían estirarla antes de que se rompiera y el 31 de octubre del año en que ambas habían cumplido catorce, la cuerda metafórica se rompió.

Ashley y Spencer a los catorce años

Uhhhh, Halloween había llegado y aquel año iba a ser terroríficamente aterrador. Habían decidido que en vez de disfrazarse y pedir dulces por las casas de los vecinos harían algo mucho más emocionante. Aquella noche se colarían en el cementerio. ¿Había algo que diera más miedo que un cementerio de noche? Si lo había a Ashley no se le ocurría en aquellos momentos. Spencer silbaba alegremente mientras preparaba lo necesario dentro de una mochila y la morena le observaba desde la cama en silencio, hubiera estado encantada de rechazar la invitación de Sarah para que les acompañaran a ella y otros compañeros de clase en aquella misión tan…profanadora de cementerios. Si, hubiera preferido mil veces salir a pedir chucherías y luego comérselas viendo una de sus películas de terror favoritas, a salvo en el sofá de casa de los Carlin, pero a Spencer le había parecido una idea genial y si tenía que elegir entre pasar la noche de Halloween en un cementerio con Spencer o en cualquier otro sitio sin Spencer…en fin…esperaba que a las linternas no se les acabaran las pilas y que a los habitantes del cementerio no les diera por salir a pasear como pasaba en la película que vieron el último viernes.
De pronto se dio cuenta de que Spencer ya no silbaba, en vez de eso le miraba divertida.
– Ashley…eres la persona más miedica que he visto en mi vida- le dijo sentándose junto a ella en la cama- Podemos no ir…-señaló al fin.
– Si claro, para que luego te pases el curso entero burlándote de mí- se negó la morena y Spencer solo sonrió porque era exactamente eso lo que pasaría si no iban.
– Bueno…puedes colgarte de mi brazo si tienes mucho miedo. Después de tantos viernes de cine de terror lo tengo insensibilizado, puedes apretarlo todo lo que quieras, no me dolerá- le dio permiso.
Ashley solo sonrió ante la oferta y apoyó la cabeza en el hombro de su amiga como tantas veces antes y también como tantas veces antes el corazón de Spencer comenzó a latir más deprisa. Esperaba que la morena no pudiera notarlo. Segundos después se levantó porque necesitaba alejarse un poco de la sensación tan intensa que la sola cercanía de Ashley le provocaba.
Su amiga le miró en silencio mientras ella repasaba por décima vez los objetos de su mochila, le miró con ojos tristes porque de un tiempo a aquella parte Spencer parecía estar cada vez más incómoda si ella se acercaba y nunca había sido así antes. Algo estaba cambiando entre las dos aunque la rubia lo negara. Aún así no dijo nada porque sabía que si lo hacía acabarían peleándose y necesitaba el brazo de Spencer en el cementerio. ¿Una razón algo egoísta para no pelearse con su mejor amiga aquella noche? Tal vez si, pero es que necesitaba su brazo de verdad.
Una llamada perdida en el nuevo teléfono móvil de la rubia. Era la señal pactada, hora de irse. Spencer no pudo evitar sonreír cuando vio a Ashley colocarse su bufanda, su abrigo y su gorro. Antes, cuando eran más pequeñas, pensaba que quedaba graciosa así, envuelta en mil capas, y cuando su naricilla se ponía roja a causa del frío. Ahora pensaba que era adorablemente preciosa. Ella también se equipó contra la baja temperatura que hacía fuera y las dos bajaron de dos en dos las escaleras.
Wow…allí estaban Paula y Christine caracterizadas de doncellas de siglos pasados y dejándose fotografiar por sus maridos que iban disfrazados de vampiros gemelos. Por lo que Spencer había oído había una oferta dos por uno en la tienda de disfraces y de ahí las similitudes. Menudos rácanos.
– ¡Apuesto a que tu sangre es muy dulce pequeña doncella!- habló con voz terrorífica Raife Davies a la vez que interceptaba a su hija a los pies de la escalera y la envolvía en su capa mientras fingía chuparle la sangre.
Ashley lanzó un gritito antes de echarse a reír pidiéndole a su padre que no fuera tan idiota.
– Spencer, aunque papá y yo no vayamos a estar en casa, tenéis que estar de vuelta a las doce como muy tarde ¿comprendido?- le recordó Paula.
– ¿Y si no estáis en casa como vais a saber si hemos vuelto antes de las doce?- le retó en tono juguetón.
– Son padres Spencer…¡lo saben todo!- señaló Ashley convencida cuando por fin pudo librarse del ataque de Raife.
– Escucha a la pequeña bola de ropa parlante- le dijo Arthur a su hija bajándole a Ashley el gorro hasta que le tapo los ojos. La morena soltó una risita divertida antes de colocarlo bien de nuevo- Somos padres y lo sabemos todo…- repitió las sabias palabras de la amiga de su hija- A las doce en casa- le señaló con el dedo.
– Uff…vale…-accedió la rubia- Vamos Ash…llegaremos tarde- empujó a la morena hacia la salida. Gritaron un adiós a dúo antes de que la puerta se cerrara tras ellas.
Las dos se montaron en sus bicicletas y comenzaron a pedalear con rumbo el cementerio. Le costaría unos diez minutos llegar allí y el aire era tan frío que daba la sensación de cortar la piel al chocar contra ella. Spencer tuvo que ir un poco más despacio de lo que lo hubiera hecho de ir sola pero no le importaba esperar a Ashley. Miró hacia atrás y la morena estaba poniéndose prácticamente a su altura con la nariz un poco roja y con nubecitas de vaho escapando de su boca cada vez que respiraba. Sonrió al verla y Ashley le devolvió el gesto. Últimamente Spencer a veces le miraba raro, cuando no estaba muy ocupada guardando secretos, peleándose con ella o apartándose si se acercaba demasiado, le miraba diferente, pero no le molestaba ese “diferente”. Era un “diferente” bueno. Le gustaba.
– ¿Tienes miedo?- interrogó la rubia cuando el cementerio comenzó a divisarse a lo lejos, fantasmagórico, iluminado por la luz de la luna llena.
– Si- admitió sin tapujos Ashley. Nunca le había importando reconocerlo. Spencer sonrió al oírla y no añadió nada más.
Cuando llegaron frente a la puerta de hierro y el muro de piedra que delimitaba el recinto descubrieron que no eran las primeras. Sarah y Nathan estaban allí. Spencer se bajó de la bicicleta dejándola en el suelo junto a las de los que habían llegado primero. Puaghhh…Nathan. Pensó que “que asco” cuando la cara del chico se iluminó al ver a Ashley apoyando cuidadosamente su bicicleta contra la pared del cementerio. Era nueva y la trataba como oro en paño. Todos se saludaron y a Spencer le repateó las tripas que el chico se dirigiera a Ashley en especial, con aquella voz de castrati que tenía.
– Hola Ashley- soltó como si no hubiera sido suficiente con el “hola” en general. Como si Ashley fuera más importante que el resto. Precisamente era eso lo que le molestaba que, para él, Ashley fuera más importante que el resto.
– Hola Nathan- respondió ella sonriéndole amablemente. Ashley siempre sonreía a todo el mundo de modo que aquel hecho no incomodó en demasía a su mejor amiga. Además estaba demasiado ocupada tratando de exterminar a Nathan con solo su mirada de odio infinito, de momento no había suerte pero no perdía la fe.
Los siguientes en llegar fueron Micheal y Ralph y las últimas en aparecer Lisa, Tara y Ronda. Puaghh…Ronda. En serio, ¿quien seguía invitándola a los sitios?
Una vez que todos estuvieron juntos y frente a la puerta negra del cementerio Sarah sacó una enorme llave de hierro de uno de los bolsillos de su abrigo. La encajó en la cerradura y con un poco de esfuerzo logró girarla y la puerta dejó de cerrar el paso al interior del recinto. Wow…
– Se la he quitado a mi madre- reveló- Si se entera estaré castigada como un mes entero- añadió pero se veía que estaba demasiado emocionada como para que treinta días sin televisión significaran mucho para ella.
Cuando todos comenzaron a colarse dentro entre susurros y risitas nerviosas Spencer centró su atención en Ashley. Estaba segura de que la morena no entraría si no le cogía de la mano y le obligaba a hacerlo. Dolió mucho ver que Nathan se le había adelantado. La morena seguía al chico al interior del cementerio tomada de su mano. Siete años. ¡Siete años llevaba Nathan detrás de Ashley! ¿Pero es que no se cansaba jamás aquel payaso?
Con un resoplido, sacó la linterna de su mochila y cruzó la puerta cerrándola tras ella. Chirrió tétricamente…uhhh. Siguió las voces de sus amigos y las luces del resto de las linternas internándose cada vez más adentro, hacia el fondo, hacia la parte más antigua donde las tumbas tenían formas diversas y hierbajos y moho. Y Ashley tenía un poco de razón, aquello daba miedo. Cuando esquivó la última lápida descubrió que todos los allí presentes se habían sentado en el suelo formando un corro, buscó a la morena para poder acomodarse a su lado pero se encontró con los dos huecos ocupados. A un lado tenía a Lisa y al otro…a Nathan…pues que bien. Ashley también le miró y le dedicó una pequeña sonrisa cuando sus ojos se encontraron. Spencer no se la devolvió y se limitó a sentarse en el hueco que quedaba libre. Junto a Ronda. La noche mejoraba por momentos.
La morena frunció el ceño…¿y ahora que demonios le pasaba a Spencer?
Sarah se iluminó la cara con la luz de su propia linterna y se dispuso a contar una historia de miedo. Al fin y al cabo, era Halloween y para eso habían ido hasta allí. Ashley estaba segura de que, de haber estado escuchando la historia, se hubiera muerto de miedo allí mismo, pero estaba demasiado ocupada tratando de descubrir que era lo que había molestado tanto a su amiga. Y además de vez en cuando Nathan le decía cosas al oído, eran tonterías como “puedes abrazarme si tienes miedo”. ¡Ja! Como que iba a dejarse proteger por aquel niñato escuchimizado y por los palillos que él llamaba brazos. No, muchas gracias, se fiaba mucho más de Spencer, la rubia era sorprendentemente fuerte aunque en aquellos momentos no pareciera muy por la labor de defenderla de posibles muertos vivientes. No, Spencer estaba molesta por algo, tenía la cara que ponía siempre cuando estaba molesta por cualquier cosa. ¿Sería porque no se habían sentado juntas? No podía ser eso, habían dejado de enfadarse por cosas como aquella cuando cumplieron los nueve. Estaba tan centrada en descubrir el motivo del cambio de humor de Spencer que no se fijó en que el gesto de la rubia se endurecía un poco más cada vez que Nathan se inclinaba para susurrar imbecilidades a su oído.
Seis historias de miedo después, a Micheal se le ocurrió que sería divertido jugar a buscar la tumba más antigua y todos se dispersaron por el cementerio, de dos en dos, iluminando las lápidas con la luz de las linternas. Spencer simplemente se encargaba de arrojar luz sobre las inscripciones mientras una muy emocionada Lisa leía las fechas en voz demasiado alta junto a su oído. Ni siquiera había intentando ponerse de pareja con Ashley y se había dado cuenta de que la morena había tenido esa intención antes de verla emparejándose con Lisa.
Minutos después la rubia escuchó silbidos y burlas y cuando se giró para descubrir que era lo que había provocado aquel revuelo se encontró con que todas las linternas se dirigían al mismo sitio. Todas las luces se unían en el lugar donde Nathan se encontraba besando a Ashley. Y esta vez no le besaba la barbilla. Esta vez Ashley también le besaba a él.
Ni lo pensó, no le dio tiempo, de pronto estaba corriendo entre las tumbas en dirección a la puerta de salida y escuchó como Lisa le llamaba y luego Sarah, sorprendidas por lo repentino de su carrera. No paró y sentía tal remolino de emociones dentro que ni siquiera se dio cuenta de que a la vez que corría estaba llorando. Cuando alcanzó la puerta y la abrió escuchó como Ashley le llamaba y le dio la sensación de que la morena había echado a correr detrás suyo al percatarse de que se iba sin dar explicaciones. No esperó para descubrirlo. Se montó en su bicicleta y comenzó a pedalear. Casi no se había alejado ni cinco metros cuando se oyó el chirrido de la puerta y su mejor amiga volvió a llamarle pidiéndole que le esperara.
No quería ver a Ashley y no quería hablar con Ashley de modo que las súplicas de la morena solo hicieron que pedaleara más deprisa, sin importarle que los pulmones parecieran ir a reventarle de un momento a otro. Podía escucharle en su bici unos metros por detrás. Había dejado de gritarle para que parase porque el esfuerzo que le suponía seguirle el ritmo era tan grande que no le permitía utilizar sus fuerzas para nada más. Tampoco a ella parecía importarle la posible explosión de sus pulmones.
Spencer alcanzó el jardín de su casa en tiempo record y tiró la bicicleta en el césped echando a correr hacia el porche y subiendo de un salto las tres escaleras. Ashley hizo lo mismo con su bici nueva, dejándola caer de cualquier manera.
– ¡Spencer para!- exclamó llegando a la puerta justo a tiempo para impedir que se cerrara de un portazo dejándole a ella fuera- ¡Spencer!- gritó de nuevo viéndola subir a toda prisa las escaleras.
Continuó con la persecución hacia el piso superior sin pararse siquiera a recuperar el aliento. Cuando se encontraba a mitad de las escaleras escuchó un portazo que le dijo que la rubia ya había llegado a su habitación. Aún así pudo abrir la puerta sin problemas al llegar frente a ella porque, a pesar de las súplicas de ambas, sus madres se habían negado a dejarlas colocar cerrojos en sus cuartos. Entró sin pensar en que decir ni en que hacer y con el corazón completamente fuera de control en su pecho.
– ¡Lárgate Ashley!- le gritó Spencer desde la cama donde estaba sentada con su espalda contra el cabecero y las piernas abrazadas contra su pecho.
La morena le miró respirando con dificultad y negó con la cabeza. No pensaba irse a ningún sitio.
– Spencer…- trató de decir algo.
– ¡Te he dicho que te vayas!- le cortó su amiga.
– ¡No pienso irme hasta que no me digas que pasa!- se plantó la morena y se acercó hasta la cama.
– No quiero hablar contigo- le dijo en voz baja la rubia escondiendo su cara entre sus brazos.
– ¡Nunca quieres hablar conmigo! ¡O no te pasa nada o no sabes lo que te pasa!- exclamó Ashley sentándose frente a ella- Y si que lo sabes, lo sabes Spencer- indicó con voz algo más calmada, Spencer lo sabía y ella también y el reconocerlo en voz alta le daba más miedo del que creía ser capaz de sentir. Pero cualquier cosa sería mejor que seguir como hasta entonces.
– ¡Deja de actuar como si supieras todo lo que pienso o lo que sé o no sé!- exclamó la rubia tras unos segundos de silencio manteniendo su cara oculta.
– ¡Estoy harta Spencer! ¡Estoy harta de lo que quiera que sea esto! ¡Estoy cansada de pelear!- le dijo enfadada.
– ¡Pues haberte quedado con Nathan! ¡No te he pedido que vinieras!- contestó mirándole y Ashley se preguntó si lo que veía en sus ojos eran rastros de lágrimas.
-¡No quiero estar con Nathan! – exclamó la morena, ¿de que servía negarlo cuando la verdad era evidente por mucho que ella se hubiera esforzado en ocultarla?
– ¡Pues bien que le besabas!- acabó soltando la rubia y ninguna dijo nada tras aquel grito y dejaron que la acusación y sus implicaciones flotaran en el silencio de la casa por unos segundos, mientras ellas se miraban.
Ashley sorprendida porque no se había esperado aquella acusación para nada y mucho menos aquel tono que reflejaba…¿celos? Y Spencer con lágrimas en los ojos después de haber gritado aquello, apenas podía respirar y a veces había pensado en contarle a Ashley lo que le pasaba pero nunca había imaginado hacerlo de aquel modo tan dramático. Por el gesto de la cara de su amiga ella tampoco se lo había esperado. Y no decía nada. No podía soportar más aquel silencio y tampoco podía romperlo de viva voz, estaba temblando, físicamente temblando mientras se moría porque Ashley lo supiera todo de una vez sin tener que contárselo.
– Spence…-trató de decir algo la morena pero parecía tan perdida como ella misma en toda aquella extraña situación.
La rubia se levantó sin más de la cama y se dirigió al armario. Se secó las lágrimas de los ojos con las mangas de su jersey y sacó su diario. No añadió ni una sola palabra antes de tirárselo a Ashley y salir de la habitación. No sería capaz de estar presente mientras la morena leía todas las cosas que había escrito allí.

* * *

Había pasado mucho rato, mucho, desde que había dejado a Ashley sola en su habitación. Ella estaba en la casa del árbol y estaba segura de que su amiga sabía donde encontrarla. Si aún no había aparecido era porque no quería hacerlo. Encontrarla. A lo mejor después de leer el diario no querría encontrarla nunca más. Nunca antes se había sentido así de mal, era todo nuevo, raro y dolía. Joder, enfrentarse a la posibilidad de que Ashley no quisiera verla dolía más que nada de lo que había experimentado hasta el momento.
Al menos había dejado de llorar y pensaba en regresar al interior de la casa para encontrársela vacía. Ashley no iba a seguir allí, si no tenía claro nada más tenía muy claro aquello.
Pero antes de que pudiera ponerse en pié escuchó a alguien subiendo por las escaleras del árbol y su corazón se le paró en el pecho y no sabía que le daba más miedo, si el no ver a Ashley nunca más o el verla ya, en ese preciso instante aparecer por esa puerta. Y en el último momento deseó que fuera Glenn, su madre, su padre…el señor Enderson. ¡Cualquiera menos Ashley!
Cuando se encontró con aquellos familiares ojos marrones bajó la vista al suelo de madera. ¡Maldito señor Enderson! ¿Dónde estaba cuando se le necesitaba de verdad? La escuchó colarse en la construcción pero continuó sin mirarle. No podía mirarle, simplemente no podía. ¿Vergüenza? ¿Miedo? ¿Arrepentimiento? No sabía que era lo que le impedía alzar la vista pero fuese lo que fuese era más fuerte que ella. Solo podía ver sus zapatillas y aún así su corazón amenazaba con romperle una a una las costillas. No quería imaginarse que pasaría si sus ojos se encontraban y no estaba segura de querer ver que reflejaban los de Ashley en ese momento.
La morena tampoco dijo nada pero se acercó un poco más y de repente un diario se introdujo en el limitado campo de visión de la rubia. Era casi igual al suyo, aquel que Ashley no había utilizado, o al menos aquel que ella creía que Ashley jamás había utilizado. Tardó unos cuantos segundos de más en cogerlo y cuando lo hizo la morena volvió a apartarse ligeramente y se quedó allí de pie. Esperando.
¿De donde sacó las fuerzas para mirarle por fin? No lo sabía, solo sabía que lo había hecho y que los ojos de Ashley estaban fijos en los suyos y eran los mismos ojos que le habían visto robar chocolatinas, los mismos que reflejaban su mirada maliciosa en cada una de las travesuras que habían hecho juntas, eran los mismos ojos pero eran diferentes y si las cosas seguían así iba a quedarse sin una sola costilla sana en su cuerpo. Dejó de mirarla porque no podía continuar haciéndolo y abrió el diario por una página cualquiera. Y estaba llena de la caligrafía de Ashley. Tenía fecha de hacía un par de semanas. Apenas pudo tragar saliva antes de empezar a leer, su garganta estaba seca.

“Querido diario,

Spencer dice que no le pasa nada pero es mentira, se ha ido muy deprisa después de clase y ni siquiera me ha esperado he tenido que correr detrás de ella y cuando le he preguntado me ha dicho que tenía prisa por regresar a casa porque Paula quería que le ayudara. Se que no es verdad porque Paula y mi madre han quedado esta mañana y ninguna de las dos iba a volver hasta después de comer. Además Spencer miente muy mal. Siempre ha mentido muy mal y tenía que ser yo la que les contara las mentiras a nuestros padres para que se las creyeran. Yo sé mentir mejor, pensaba que muy bien, pero a lo mejor no sé hacerlo tan bien si Spencer se ha dado cuenta, porque creo que hace tiempo que se ha dado cuenta.
Ya no me deja acercarme como antes y cada vez que apoyo la cabeza en su hombro se marcha y ya no me deja abrazarle si dormimos en la misma cama. Y eso es que lo sabe y por eso está tan rara. No me ha dicho nada pero se está alejando de mi, dice que no y que todo sigue igual. No podría mentir peor.
Antes podíamos hablar de todo y ahora no podemos hablar de lo más importante, por lo menos yo no puedo. Si se lo digo a la cara saldrá corriendo. El otro día me miró muy raro cuando Nathan me invitó al cine y yo le dije que no. Le parece raro que no le diga que si a ninguno de ellos, pero si lo supiera ya no le parecería tan raro. A veces pienso en decirle que si a Nathan porque a lo mejor así Spencer vuelve a portarse normal conmigo, pero yo no quiero estar con Nathan, ni con ningún otro chico, yo solo quiero estar con ella…”

Había muchas más cosas escritas, muchas más pero Spencer dejó de leerlas y cerró el diario dejándolo a un lado en el suelo. No miró a Ashley, pero si lo hubiera hecho no habría encontrado sus ojos porque la morena tampoco le miraba a ella. El silencio era muy, muy intenso y estaba cargado de algo de lo que nunca había estado cargado antes. Y seguían siendo Ashley y Spencer, pero había cambiado y ninguna de las dos sabía muy bien que hacer a continuación. Estaba claro que alguien tenía que decir o hacer algo. No podían permanecer allí calladas toda la vida, por muy atractiva que resultara esa posibilidad en aquellos momentos.
Ashley se movió primero y se sentó junto a la rubia en el suelo tras recuperar su diario. Le dio un par de vueltas en sus manos porque estaba demasiado nerviosa como para no hacer nada y miró a Spencer tan solo por un segundo. Su amiga mantenía su vista clavada en el suelo.
– Si dices algo ahora, cualquier cosa, te doy de mis galletas- habló por fin Ashley utilizando la broma que siempre le hacía Spencer burlándose de la forma en que había conseguido que ambas se hicieran amigas aquel primer día.
Esperaba que funcionara y en parte lo hizo porque Spencer sonrió un poco aún sin mirarla, pero ya era un paso.
– Vas a tener que darme muchas galletas si consigo decir algo ahora. Muchas- trató de seguir la broma la rubia y escuchó a Ashley reir suavemente, era su risa nerviosa.
Le encantaba el sonido de su risa nerviosa, en realidad le encantaba su risa en general y se obligó a mirarle y se sorprendió al encontrarse solo a Ashley, no daba tanto miedo como su cuerpo entero estaba temiendo. Era solo Ashley. Y a la morena le debió pasar lo mismo al encontrarse con sus ojos, debió de darse cuenta de que ella solo era Spencer porque el gesto de su cara se relajó visiblemente.
– ¿Qué vamos a hacer?- preguntó Ashley mirándole y se notaba que la nueva situación le asustaba un poco.
Y a ella también le asustaba, lo que sentía por Ashley…hacía cinco minutos hubiera dado lo que fuera por sentirlo por cualquiera de los chicos de su clase pero ¿ahora?¿después de leer que Ashley sentía lo mismo por ella? Wow…ahora no lo cambiaría por nada. E hizo lo que siempre hacía cuando ambas tenían miedo viendo una película o en mitad del bosque, donde fuera, hacerse la valiente, Ashley sabía que fingía, ella sabía que fingía pero de una forma u otra siempre funcionaba y las dos se sentían más seguras.
Ashley miraba de nuevo su diario esperando escuchar la opinión de Spencer…y en realidad no quería hablar en esos momentos, en realidad quería besarla, repetir aquel beso de fresa una y otra vez, eso quería hacer, se moría por hacerlo y lo haría si no existiera el resto del mundo, pero existía y si lo hacían…¿en que se estarían metiendo?
Dejó de respirar cuando sintió como la mano de Spencer la tomaba suavemente por la barbilla y le obligaba a girarse hacia ella para encontrarse con aquellos ojos azules que trataban de no demostrar el miedo que en realidad sentían. Siempre sabía cuando Spencer se hacía la valiente y aún así funcionaba cada vez. Y de repente el resto del mundo dejó de existir, de repente no habría consecuencias si daban aquel paso, porque solo estaban ellas dos. De repente el pulgar de Spencer acarició levemente el labio inferior de Ashley, ambas se dieron cuenta de que no estaban respirando, de lo rápido que latían sus corazones y de que lo que más deseaban en el mundo entero lo tenían allí, frente a ellas. Solo tenían que inclinarse un poco más. Solo un poco más.
Y fue Spencer quién decidió acabar con aquella agonía. Había besado antes a Ashley, solo una vez, pero no había sido igual, aquel beso había sido un beso de ensayo, un beso de prueba, su beso de fresa. Esta vez no iban a besarse como práctica para besar a chicos al día siguiente, ni para comprobar que no babeaban demasiado. Iban a besarse porque las dos querían besarse, necesitaba besar a Ashley allí y entonces igual que había necesitado volver a por ella cuando tropezó en aquel bosque mientras huían del señor Enderson. Era una necesidad que salía de muy dentro.
Cerró los ojos décimas de segundos antes de que sus labios entraran en contacto y no dejó de sujetar a Ashley por la barbilla suavemente. Taquicardia, descompensación de azucar, mil mariposas tratando de huir de su interior, todo aquello mezclado fue lo que sintió en el momento en que Ashley respondió al torpe movimiento de sus labios con el torpe movimiento de los suyos. Las dos sintieron algo muy nuevo que empezaba en la boca de sus estómagos y se extendía por el resto de sus cuerpos. Wow…no sabían muy bien lo que estaban haciendo pero sabían que querían hacerlo. Besarse.
La mejor sensación del mundo entero y verdadero. Y aquel beso no sabía a fresa, sabía mejor, sabía mucho mejor, sabía a Ashley. Lo mejor era que Ashley estaba sintiendo exactamente lo mismo que ella, porque lo sabía, estaba segura. Ashley quería besarle a ella con la misma intensidad. De repente sintió la mano de la morena posarse tímidamente sobre su mejilla y un sonido que jamás de los jamases había salido de su garganta antes, se le escapó cuando Ashley inclinó un poco más la cabeza para poder atrapar sus labios mejor, mucho mejor. Segundos después tuvieron que separarse para respirar, pero apenas se alejaron la una de la otra unos milímetros. Y estaban en una cabaña en un árbol pero ambas se sentían en aquellos momentos en la cima del mundo, en serio, no podrían estar más arriba. No existía un más arriba. Se miraron a los ojos así de cerca, y no hicieron falta más palabras. Estaba claro, lo había estado desde el principio. Ninguna de las dos quería bajar. Nunca.

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